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Domingo, 4 de junio de 2006
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CRUCE DE VÍAS
El sueño continuo
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DESDE hace un par de meses vivo un sueño. No es que sea especialmente feliz, sino que al despertarme por las mañanas adopto la personalidad del último sueño que he tenido durante la noche. Mi vida real se amolda al sueño y el sueño a la vida real. Si por ejemplo sueño que estoy en la isla de Sicilia, me levanto en Sicilia. Si tengo una historia en el sueño con una mujer, esa mujer se transforma en persona de carne y hueso por la mañana al despertarme y sigo mi relación con ella con absoluta normalidad. Lo malo es cuando tengo pesadillas, entonces procuro acostarme pronto para soñar otra cosa y volver a ser feliz. Cuando me despierto en otra ciudad, porque el sueño me ha trasladado a ella, no tengo ningún problema. Amanezco con mi pasaporte en regla, el equipaje adecuado y una guía de la ciudad sobre la mesilla de noche.

Hoy, por ejemplo, me he despertado en Málaga con mi personalidad más habitual que es la de escritor que ha de enviar el Cruce de Vías al periódico SUR. Cuando olvido los sueños me introduzco en la rutina diaria. Pero si recuerdo lo que he soñado, entonces mi vida cambia y yo desaparezco de mi casa de Málaga para volar a otros países, conocer a otras personas y entablar emocionantes relaciones. Es lo bueno de ser un soñador. Nunca había contado esto a nadie. Ni siquiera a mi familia. A menudo me preguntan en qué pienso y yo no les respondo porque sencillamente no estoy. Creo que se han acostumbrado a mis ausencias y ya no me dicen nada, aunque a veces sospecho que a mi mujer le pasa lo mismo que a mí. Que vive los sueños y por eso unos días se despierta triste y otros contenta sin que yo sea capaz de descubrir el motivo de su alegría y su tristeza.

Hubo un día que me fui muy lejos y tardé en regresar. Me acostaba temprano para ver si cambiaba el sueño y volvía a casa, pero el sueño me retenía en ese lugar. Llegué a confundir la realidad y me convencí de que lo real era el sueño en que me hallaba felizmente sumergido. Estuve una semana alejado de mi hogar. A lo largo de esos días hice lo que nunca había imaginado. Fui feliz, pero deseaba volver. Quizá porque siempre me ha dado miedo la felicidad completa. Me produce temor vivir en el séptimo cielo y que de repente todo se desvanezca. Estoy seguro que al final todo acaba esfumándose, como sucede con los sueños que intentas recuperar, inútilmente, del olvido.

Hoy es un día normal. Uno de esos días en los que parece que los sueños no tienen nada que ver conmigo. Ahora saldré a la calle y me cruzaré con personas normales que también sueñan y andan sonámbulas porque seguramente están en otro lado. A menudo pienso que casi todos estamos en otro lado. Vivimos en otro mundo. Mientras pasan los días monótonos y sumisos.



Vocento