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Domingo, 4 de junio de 2006
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OPINIÓN
EL EXTRANJERO
Extranjeros
Hay que ser extranjero frente a los que señalan o recelan de los que vienen de otra parte, los que al caer la noche cruzan de acera cuando viene un negro, los que miran de reojo un turbante.
SOY extranjero. Quizá deberíamos grabárnoslo cada uno en el cerebro, hacernos un tatuaje o salir a hacer deporte con una camiseta que lo tuviera escrito en su pecho y en su espalda. Soy extranjero. Igual que hace un tiempo un atleta casi rubio, payo y de origen judío, corría con una camiseta en la que se leía, Soy gitano. Hay que ser extranjero frente a los que señalan o recelan de los que vienen de otra parte, los que al caer la noche cruzan de acera cuando viene un negro, los que miran de reojo un turbante, los que tuercen el gesto cuando oyen hablar un idioma desconocido o pronunciar nuestra lengua con acento porteño o ecuatoriano o guatemalteco.

Extranjero. Extranjero como 'El extranjero' de Camus, extranjero como el agrimensor de Kafka, ajeno a la gente bienpensante, instalada, que recorre la ciudad detrás de los cristales ahumados de su todoterreno, protegido, atrincherado, incontaminado. El propio Camus era un pie negro, un apestado que venía de las colonias, hijo de una española analfabeta y de un soldado anónimo muerto en el Marne. Un extranjero mirando el mundo con ojos nuevos, un extranjero que no acepta las reglas del juego. Un pobre que juega al fútbol con sus amigos argelinos. Un hombre perdido, un buscador, un desterrado, un conquistador de la libertad. Esos son también los extranjeros. No sólo los delincuentes, no sólo uno de cada tres ladrones, como dicen las estadísticas que llevan al recelo.

Einstein también era un emigrado, un extranjero. La mitad de la mítica fábrica de los sueños, Hollywood, desde Chaplin hasta Banderas, se ha levantado con extranjeros. William Saroyan, el armenio, Isaac Bashevis Singer, el polaco, Solzhenitsyn el ucraniano, talentos literarios, también fueron extranjeros en Estados Unidos antes de dejar a los pies de las barras y las estrellas otra gloria, otro premio nobel. Henry Miller fue un extranjero pobre en París, Nicolas Bokov vivió de la caridad en sus calles. Distéfano el sudaca, toda esa prole balompédica, toda la chusma extranjera. Toda esa turba que huyó de la Alemania de Hitler, toda esa plebe que escapa de la miseria de África, de la pobreza del Este o de Latinoamérica, no se cambiaron de país para saquear, violar o matar. Tenían derecho a la vida. Y nosotros aquí, administrando la bondad. Huyendo no de la pobreza, que ya dejamos atrás, sino de los pobres, de los barrios marginales, de los guetos. Y ya que no cumplimos con nuestros preceptos, ni con los religiosos de la caridad ni con los cívicos de la solidaridad, no caigamos en la miseria de distinguir entre los pobres por acento, piel o pasaporte. No administremos la leprosería, no tasemos las castas. Soy extranjero. En cualquier país, en cualquier tiempo. Extranjero y no traficante de esclavos, cortando con la proa de un yate la espuma de los ahogados.



Vocento