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CULTURA Y ESPECTÁCULOS
MIGUEL ORTIZ BERROCAL, ARTISTA
Un bohemio con alma de cirujano
La combinación de curiosidad, disciplina y precisión dieron como resultado un artista exigente y generoso
Un bohemio con alma de cirujano
DESMONTADA. Miguel Berrocal, junto a una de sus obras más representativas, 'Richelieu Big', en la exposición que de 2002 en el IVAM valenciano. / M. BURQUE. EFE
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Rilke escribió que la única patria de un hombre es su infancia, los recuerdos de la niñez que guardará como un tesoro durante toda su vida, las experiencias clavadas en el subconsciente como mimbres que guiarán su personalidad adulta. Con apenas diez años, el pequeño Miguel construía sus propios juguetes, dibujaba con colores que él mismo inventaba y acompañaba a su padre, el doctor Ortiz, a verificar las autopsias. Ahí nació su visión del mundo y su propio universo creador.

En aquellas visitas médicas hay que buscar el origen del gran hallazgo plástico de Miguel Berrocal: las esculturas desmontables. Aquel niño aprendió que el cuerpo humano es un puñado de piezas; cada una resulta importante, pero sólo cobra sentido cuando se une al resto con precisión milimétrica. Por eso los bocetos de sus creaciones parecen planos de un edificio, un puente o un motor. Alzados, plantas y perfiles con indicaciones y medidas para el correcto funcionamiento de la obra de arte.

Cambio de rumbo

Berrocal pintaba como un arquitecto porque iba para arquitecto. Su familia quería convertirlo en médico, pero el joven Miguel prefería la pintura. Como solución intermedia aceptó estudiar Arquitectura. Antes tuvo que aprobar los dos primeros cursos de Matemáticas. Todo estaba listo, pero suspendió el último examen: era de dibujo.

Uno de los principales renovadores del lenguaje plástico de los últimos 50 años no fue arquitecto porque alguien decidió que no sabía dibujar. Cosas que pasan. Lejos de desanimarse, Miguel vio aquel revés como una oportunidad. En 1950 protagonizó su primera exposición. El gran escultor Miguel Berrocal era entonces pintor y firmaba sus creaciones con el apellido paterno: Ortiz. Pero la pintura no le llenaba, la España de los años 50 le asfixiaba y en su entorno todo parecían trabas. Buscó respuestas en el extranjero.

Durante un año viajó por Italia hasta que en el verano de 1952 llegó a Roma, donde vio una exposición de Picasso, prohibido en España. Todo aquello en lo que creía como artista, sus convicciones más profundas, sus horas en el Museo de El Prado... todo perdió su sentido.

Encuentro con Picasso

No paró hasta conseguir que el genio lo recibiera en su residencia de Mougins (Francia) y tras el encuentro se confirmaron sus sospechas: tenía que dar un giro a su vida y a su obra. Se construyó una casa en París a partir de un proyecto de Le Corbusier y comenzó su búsqueda de un lenguaje propio a través de la escultura.

Vivía como un bohemio y trabajaba como un ingeniero. Ideas en mitad de la noche, proyectos que le asaltaban en plena calle y luego, cuando llegaba al estudio, se enfrentaba a cada obra con la precisión de un cirujano, con lápices y pinceles; pero también con escuadras, cartabones y compases.

De camino a la Bienal de Venecia de 1962 hizo una parada en Verona. Buscaba una fundición para realizar sus obras de hierro, miró en la guía telefónica, empezó a trabajar con una pequeña empresa local y acabó viviendo en la ciudad durante 35 años.

La pasión que le ataba a su obra también le granjeó cierta fama de huraño, pero quienes le conocieron destacan su generosidad, su inteligencia y su extraordinaria capacidad de trabajo. Ésa que le mantuvo activo hasta el final y que, cuando le preguntaban cuál de sus obras prefería, le hacía responder: «La próxima».



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