UN joven de 21 años comía tranquilamente pipas en Churriana y tiraba las cáscaras al suelo, cuando hete aquí que le ve un policía local y le pone una multa de 100 euros al pobrecillo, que ha tenido que pagarlos. Habrá que remontarse muchos años para recordar hechos tan graves (a la sanción, me refiero).
El concejal Luis Navajas ha puesto el grito en el cielo y ha dicho: «El Ayuntamiento debería tener la gallardía de devolver el dinero». Argumenta que «los jóvenes del distrito tienen una falta de instalaciones manifiesta y no disponen de pabellón cubierto».
Acabáramos. Si no disponen de pabellón cubierto donde desfogarse, se comprende. Es decir que si usted, lector, en su barrio no tiene local de la tercera edad donde echar unas manos al tute o club donde pasar el rato con los amigos, o simplemente desparramar, hay que ser comprensivos cuando coma pipas y permitir que en su aburrimiento de vida tire usted las cáscaras al suelo.
¿Cuál debería haber sido la actitud del policía? ¿Apercibirle? ¿Y luego qué? ¿Le hace un seguimiento durante una semana para ver si el toque de atención ha surtido efecto y en caso contrario le sanciona? ¿Por qué se ponen las multas? ¿Es necesario que un funcionario uniformado recuerde que tirar cosas al suelo está mal? Se está extendiendo una absurda tendencia que consiste en celebrar las cosas rompiéndolo todo. Y, en el colmo de la idiotez, se graban los actos vandálicos.
Hace unas semanas un grupo de adolescentes de Cerrado de Calderón fueron detenidos por destrozar una treintena de coches cuando celebraban su graduación. Los seguidores del Barça salieron el miércoles dispuestos a festejar el triunfo de su equipo y la cosa se saldó con decenas de heridos, detenidos y múltiples destrozos. Lo paradójico es que la sociedad es cada vez más permisiva con ese tipo de comportamientos como si todo lo que huele a normas o represión fuera negativo. ¿Habrá que hacer un celebródromo?