SIEMPRE he creído que un buen vago, de esos que aspiran a un epitafio que diga «Sigue descansando», no se improvisa. La pereza, que quizá sea cierto que es el único vestigio que nos queda del ilusorio Paraíso Terrenal, no es nunca reprobable, salvo cuando repercute en otros. «Cuánto penar para morirse uno», dijo Miguel Hernández. Si sustituimos penar por trabajar, aparte de que le sobraría una sílaba, endecasílabo, el verso sería igualmente válido. ¿Por qué entonces se sigue estimulando a los españoles a que abandonen tempranamente sus tareas y anticipen el ocio? ¿Cuál es la edad apropiada para gozar de un descanso bien o mal ganado? En ciertos oficios uno debe retirarse cuando lo retiren los demás, pero en otros depende de lo que dispongan los jefes, que en muchos casos son unos señores que se debieran retirar, incluso de la circulación.
El Congreso, que nunca se divierte más que cuando fastidia, ha ratificado -al menos ese era su propósito mientras escribo- la ley de RTVE. Eso significa que el expediente de regulación de empleo, o sea, la potestad de poner a gente en la puñetera calle, afectará a los mayores de 52 años. Una edad espléndida. «Madurez, divino tesoro», que decía Eugenio d'Ors. Quizá no es la más adecuada para un minero o para un centrocampista, pero es magnífica para ejercer otro tipo de trabajos. Con bastantes años más que los fatídicos y fronterizos 52 hizo Gary Cooper 'Solo ante el peligro' y escribió don Miguel de Cervantes la segunda parte del Quijote, que es incluso más sublime que la primera.
En España se están derrochando muchas cosas y la experiencia no podía ser una excepción. Ya pagaremos ese despiporre, pero hay gente que, como no sabe hacer otra cosa, hace números y cree que le salen las cuentas.