EXISTE un número significativo de adolescente y jóvenes, no marginados ni especialmente conflictivos, que se reúnen los fines de semana con la intención de divertirse y pasarlo bien, y que utilizan el alcohol como instrumento para relacionarse con los demás, pues consiguen de manera fácil, rápida y barata un estado de euforia, alegría y desinhibición que facilita ese objetivo. Se congregan en espacios públicos que ellos sienten suyos, de tal manera, que están dispuesto a defenderlos como algo propio, y la firme convicción de tener perfecto derecho a gestionarlo, recreándose en una experiencia de libertad y autonomía. La fuerza y seguridad que proporciona el grupo, la ausencia de límites horarios, la clara percepción de no ser una actividad de riesgo, y el 'empañamiento' de normas éticas, morales o sociales, completan un cuadro muy sugestivo y atrayente, que se encuentra reforzado por la rebeldía patognomónica de la edad. Después de la 'calle', sucede que un grupo pasa a discotecas o pub en los que pueden consumir drogas de diseño, éxtasis o cocaína.
En un primer análisis se evidencia que lo importante no es el consumo de alcohol, sino la necesidad de comunicarse y sentirse seguros en un grupo de iguales, con plena libertad para hablar y hacer. No tienen conciencia de estar haciendo algo malo: el sitio es público y la venta de alcohol es legal, ¿por qué renunciar a estas vivencias? Son tiempos añorados durante la semana, y ¿qué difícil es luchar contra los 'deseos deseados'! Ellos crean, durante esos días una realidad que, aunque sea artificial, ofrece una tregua a la angustia o sin sentido que bulle en la mente de muchos. Viven una experiencia interna satisfactoria y se alejan de una sociedad llena de cosas pero hueca en contenidos, generadora de una disarmonía interior que desencadena una disconformidad honda y profunda, en que la soledad, la falta de solidaridad, la inseguridad, y en general las condiciones de deshumanización, reunen las condiciones idóneas para que nazca una conducta que se puede considerar 'adaptativa'. Para ellos representa una psicoterapia semanal a la que no quieren renunciar.
Pero lo anterior es un síntoma del que debemos investigar sus causas, y no quedarnos en una preocupación del fenómeno botellón activada por las repercusiones sobre el descanso de los demás, posibles alteraciones de orden público, suciedad y medio ambiente, o signos que provocan alarma social, pues con estas perspectivas las soluciones serán accidentales y superficiales, como puede ser el 'cambio de lugar' a zonas aisladas y que apenas generan molestias: estamos recogiendo el agua y no cerramos el grifo. Lo esencial es la existencia de un problema de salud pública que incide en niños, adolescentes y jóvenes que beben de manera compulsiva, rápida e intensa y con un ritmo 'a modo de fiesta patronal semanal', sometiendo, transitoriamente, al cerebro a un cambio brusco de su estructura bioquímica, y que con la 'ayuda' de otras sustancias asociadas, provocan que esa desorganización neuronal se convierta en permanente, y de funcional a orgánica; el resultado es un cerebro primaveral deteriorado. Estamos hablando de la salud de los elementos más importante de nuestra sociedad: los niños, que significan el tesoro más preciado de la comunidad. No podemos olvidar que somos los adultos, los arquitectos de su cerebro y de los arquetipos que condicionan su dirección existencial. Queremos que cambien ellos, pero nosotros, ¿estamos dispuestos también a cambiar?, ¿cuáles son nuestros deseos durante esos días de descanso?, ¿pero no son imitadores del mundo de los mayores? ¿sus ideas han surgido por generación espontánea?, ¿la cultura del botellón no es heredada? A veces, los adultos, ¿no buscamos también ese nihilismo etílico?, ¿la miopía intensa del futuro y el 'axioma' del carpe diem, quién lo ha grabado en sus mentes?
Entre todo hemos creado esta situación, y entre todos debemos salir de ella. Aunque tienen que ser los jóvenes los protagonistas en discernir y buscar posibles respuestas, siempre que encuentren '¿por qué y para qué?' van a modificar esos descansos periódicos que lo ven como terapéuticos y liberadores; para esto es imprescindible una información clara, objetiva, veraz, científica y exhaustiva. Una primera aproximación, con programas de reducción de daños y alternativas 'causales' tendrían que ser discutidos y consensuados en todos sus detalles para que, al ser asumidos, se puedan ejecutar de manera inmediata.
Y con carácter urgente se debe abordar la fábrica de donde siguen saliendo niños que se suman a esa 'filosofía de vida': la familia. Los estragos de una educación familiar, en que hemos 'creado' niños esclavos de sus deseos, caprichosos, con una orientación en que la disciplina, el orden, la voluntad y el esfuerzo han estado hipotecados, empiezan a florecer en la adolescencia. Las actuaciones preventivas deben colocarse en ese escenario donde se encuentra la ocasión única e irrepetible para que el niño desarrolle sus potencialidades, y dirigirlos hacia los valores en los que la humanización y el sentido de la vida tengan sólidas opciones; pues en esa etapa podemos grabar directamente, sin filtro ni oposición de ninguna clase, las motivaciones que consideremos mejores para su conducta y ayudarles a descubrir sus abundantes tesoros internos... lo demás serán consecuencias.