«Nunca existieron; simplemente fueron hijos bastardos de mi imaginación», dijo Alejandro Dumas de sus invencibles mosqueteros, pero Roger MacDonald está dispuesto a enmendar la plana al genio. Así, en su libro 'La Máscara de Hierro. La verdadera historia de D'Artagnan y los tres mosqueteros', que sale a la venta mañana, sostiene que Athos, Portos y Aramis fueron espadachines de carne mortal y rosa y que su mítico enfrentamiento contra la Guardia del truculento cardenal Richelieu -con el joven gascón Charles D'Artagnan a su lado, el primer día que pisa París- no es producto ni del sueño ni de la mente.
Roger MacDonald mantiene que los mosqueteros estuvieron absolutamente incardinados en la vida del galeote más misterioso de la Historia de Francia: El hombre de la máscara de hierro. El historiador de Oxford ha construido su relato y fundamentado sus tesis tras consultar documentación original acerca del ferroprisionero «pasada por alto o interpretada erróneamente».
La máscara de hierro
De Maastricht, D'Artagnan es enviado por Louvois a la Bastilla. Allí, su gobernador, Besmaux, no le tenía mucho aprecio, según relata MacDonald: «D'Artagnan había ridiculizado a Besmaux cuando éste escondió el hermoso rostro de su esposa, Marguerite, tras la máscara más grande de París». Besmaux estaba acostumbrado a acoger prisioneros anónimos a los que el canciller bélico de Luis XIV quería mantener fuera de juego. Louvois ordena a Besmaux que se asegure de que nadie pueda reconocer a D'Artagnan y de que éste no proclame su identidad a los guardianes.
El gobernador de la Bastilla decide entonces vengarse del mosquetero pergeñando una máscara de hierro basada en la técnica damasquina, «un tipo de tecnología compleja desarrollada en Damasco, pero que había sido adaptada con éxito para la producción masiva en la fábrica de armas de Toledo, donde se ensamblaban dos tipos distintos de acero en capas, que luego se forjaban juntas para obtener el producto final», explica el historiador.
Y el mosquetero fue encerrado en aquel artilugio de terror gótico. «No tenía nombre ni cara ni pasado ni futuro. D'Artagnan se convirtió así en el Hombre de la Máscara de Hierro», sentencia MacDonald.