A los 7 años un amigo le prestó la Nintendo. Con ella llegó su primer 'atracón' de pantallas, de la mano del fontanero Mario Bros. «Recuerdo que un día empecé a jugar a las siete de la tarde y no me levanté hasta el día siguiente», relata. Conforme pasaron los años, la afición de David se tornó en obsesión. «Me pasaba el día pensando en la partida. Pasaba de todo. Cuando llamaban mis amigos le pedía a mi madre que les dijera que no estaba. Sólo quería quedarme en casa jugando. Jugaba hasta que se me caían los ojos». Más tarde llegaron las mentiras, las malas contestaciones. Cuenta que para engañar a sus padres metía la tele en el armario de su cuarto y jugaba casi a escondidas. A los 17 años David dejó el colegio y se fue a la mili. Fue allí donde se hizo jugador de tragaperras. Unas máquinas donde llegó a dejarse «sueldos enteros».