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¿De qué se mueren los poetas?
¿De qué se mueren los poetas?
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YA no le sale la voz, aquella que un día mereció el adjetivo de «atronadora». Ni siquiera puede incorporarse en la cama sin ayuda, cosa que sólo hace cuando efervescen en su cabeza unos cuantos endecasílabos y necesita sujetarlos escribiéndolos con pulso lento. Hace treinta años este hombre era modelo de los jóvenes poetas, un nombre que se usaba en los pueblos para burlarse de todo aquel que se dedicase a componer versitos: míralo, ahí va Villaespesa. Había tenido el honor de ser sacudido por el crítico más terrible de su época, el gran Clarín, que tratando de ridiculizarlo había ayudado a consagrarlo. Se hizo capitán de la cohorte de poetas bohemios y modernistas que trataba, siguiendo la estela de Rubén Darío, que la poesía en español alcanzara a la que se había escrito en francés décadas antes. Sus huecas y rimbombantes obras teatrales se representaban con el aplauso y la admiración del público, y sus libros de poemas, que salían de su fábrica incansable, se agotaban con idéntica facilidad a la dificultad que padecían las obras de otros compañeros a los que la posteridad trataría mejor que a él. Pero entonces, en aquella época, en los años 10, cuando Villaespesa publicaba uno tras otro sus libros, ¿quién iba a pensar que no se ganaría un lugar de honor entre los poetas inevitables de nuestra literatura?

Ahora, cuando lo vemos escribir sus endecasílabos con pulso lento en su lecho de muerte, Villaespesa es autor de cincuenta libros de poemas, pero los últimos no ha sido fácil publicarlos. Sólo la gestión de un amigo argentino ha conseguido que lleguen a la imprenta en Buenos Aires y en ediciones de papel quebradizo. Olvidado y solo, en un país que se dirige irremisiblemente hacia el suicidio -estamos en el año 36- arrostra su propia muerte desnudando el verso de hojarasca, no consintiéndose apoyarse en la palabrería ni en la bonitura para decir lo que necesita decir. Por primera vez, tan tarde, su poesía es expresión desnuda, sincera y potente. Pero ya es muy tarde. Su ascendente sobre lo que escriben los poetas jóvenes de la época es nula, y esa esterilidad parece irreversible. Aun así, sigue componiendo poemas, ilusionado con el día en que vuelva a brillar la luz de la celebridad para él. Manos vacías: ese será el título de su última recopilación de versos. Su mujer vuelve a gestionar la publicación, pero en España, a punto de entrar en guerra, ¿quién va a querer publicar los sonetos de un moribundo, una vieja gloria de quien ya nadie se acuerda, cuya voz ya no late más que en las voces de poetas pueblerinos? El libro será editado en Buenos Aires y nunca se distribuirá en España.

Cuando muere, el psiquiatra César Juarros le dedica un artículo en el que se pregunta: «¿De qué se mueren los poetas?». La respuesta es decepcionante: dice que se mueren de los nervios. Es una pena que no se acordara de Apollinaire, de la muerte de Apollinaire: herido en la cabeza, ardiendo de fiebre, oye a una multitud que en la calle pide la muerte de Guillermo. La gente está pidiendo la cabeza de Guillermo el Kaiser alemán, pero el poeta, perdido en su laberinto, cree que lo que en realidad reclama la gente es la muerte del poeta. Y se muere Apollinaire consciente de que aquellos a los que él quiso dar todo, se han reunido bajo su balcón para exigirle que se muera. Bajo el balcón de Villaespesa no se reunió nadie, y aquel silencio, para quien había sido el gran poeta de voz atronadora, representaba un castigo tan cruel como el que se infligió Apollinaire creyendo que los que pedían la muerte de su tocayo el Kaiser, estaban en realidad pidiéndole que se muriese.

Pensé en Villaespesa, y en Apollinaire, y en el pobre Edgar Lee Masters, que mucho después de alcanzar la celebridad por los epitafios de Spoon River murió olvidado por todo el mundo, incluido el propio Edgar Lee Masters en un sanatorio al que llegó en estado vegetal después de abandonarse a la melancolía en el Hotel Chelsea de Nueva York, el otro día, durante una comida con amigos en la que alguien contó que habían encontrado muerto en una zahúrda al poeta Luiso Torres. Yo no lo conocí, ni siquiera llegué a leer ninguno de sus libros, aunque sí que había visto a menudo en las librerías de Málaga esos cuadernillos en los que recogía sus poemas sin que, no sé por qué, se me ocurriera nunca asomarme a ellos. Se narraron historias macabras y extravagantes de su vida: valían para formarse la perfecta idea del maldito que se quiere maldito, que se sabe maldito, que puede que tenga conciencia de que su obra nunca atraerá la atención de estudiosos, antólogos, lectores o poetas, pero que no renuncia a dejarse llevar por la inercia que impone la conciencia de ser un maldito. Una de esas anécdotas resultaba sobrecogedora: al parecer, cuando su jefe decidió, harto de sus tropelías, prescindir de él en la redacción en la que trabajaba, se vengó metiéndose en el cuarto de baño, cortándose las venas y escribiendo con aquella fuente de sangre en que se había convertido algunas barbaridades en la pared. Luego salió de allí, envuelto en su propia sangre, y entre risas espasmódicas y tétricas se fue con su película de horror a otra parte. Un auténtico personaje que hubiera hecho las delicias de los grandes memorialistas de los años 20 del siglo pasado, los confeccionadores de estampas de la bohemia, los que retrataron a Pedro Luis de Gálvez o Armando Buscarini. Y como un nombre propio de poeta siempre conduce a otro nombre de poeta, pues son como paradas de metro -sólo unos pocos elegidos alcanzan a ser fin de trayecto- el nombre de Luiso Torres nos llevó al nombre de Fernando Merlo, otra muerte excesiva -si es que se me permite la expresión. Yo descubrí a Merlo en las páginas de la revista 'La Luna' de Madrid: publicaban allí unos sonetos desordenados y desoladores, de exquisitez técnica y contenido pavoroso, de imágenes violentas y dicción pungente. Me gustaron tanto que conseguí no me acuerdo cómo el libro en el que se recopilaban sus poemas, un libro en cuya portada aparecía un niño en blanco y negro. Sigo pensando que es un nombre que no debería faltar en las antologías de la poesía de los ochenta, autor de algún soneto que raya con audacia en la pieza maestra.

El citado Edgar Lee Masters, alcanzó la gloria con uno de los libros más originales de la poesía del siglo XX: es un libro que para empezar prescinde de la poesía, porque es tan prosaico que resulta milagroso que sea tan poético. Coleccionó los epitafios de un cementerio de un pueblo inventado, y a través de ellos, enlazando las cosas que se contaban en unos con las que se insinuaban en otros, contó la orgía de pequeñas historias que componían el alma de ese pueblo: un montón de fragmentos de un espejo que arrojaban una imagen final desoladora. Tomados cada cual por separado, no son muchos los epitafios que resulten impresionantes, pero el efecto de acumulación está tan idóneamente diseñado que todos juntos componen uno de los más inolvidables momentos líricos de la poesía contemporánea. Edgar Lee Masters había publicado libros mediocres antes de la 'Antología de Spoon River', y después volvería a publicar unos cuantos libros mediocres: es el mejor ejemplo de que cuando una idea genial asalta a un poeta mediocre, lo convierte en genial, de la misma manera que Villaespesa es el perfecto ejemplo de que cuando a un orfebre del verso lo acucia la necesidad de decir que se muere, se olvida de la pinturería y abraza la seca, tortuosa expresión emocionante de la verdad.

Todos ellos podrían ser personajes de Spoon River, todos ellos darían para epitafios que contuvieran acaso más intensidad que las obras que dejaron. Cuando César Juarros dijo, al morirse Villaespesa, que los poetas se mueren de los nervios, estaba enunciando una tontería. Lo que no es una tontería es, precisamente, la pregunta que formuló para hacer su gracieta. Una pregunta que es una buena pregunta precisamente porque se formula a sabiendas de que encontrar la respuesta es inviable.



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