¿Quién dice que la ciudad no puede llegar a ser maestra de la ciudadanía?
Desde hace unos años se acuñó el concepto de 'Ciudad Educativa' como desiderata y como meta en un devenir que, como toda acción pedagógica, ha de ser participativo. Incluso existe una asociación internacional con este nombre, con sede rotatoria hoy en Barcelona, que ya trabaja al unísono con el programa 'Habitat' de la ONU y con el programa 'Ciudades' de la UNESCO. ¿Sonó la hora para que ese magisterio, llevado de la mano de la reflexión ética, impida los tejemanejes de la mediocridad o de la 'casposidad' -como diría Teodoro Gross-, alimentada por los fétidos inciensos de la ausencia de crítica constructiva como fundamento del rigor, y que acaba por dar una imagen de una ciudad cual manta religiosa que devora a sus hijos más ilustres y dignos, precisamente por hacer de la dignidad y del rigor intelectual una norma de conducta personal y solidaria? La 'Ciudad Educativa' se nutre de elementos de las utopías razonables de Tomás Moro y de Campanella. Pero va más allá en la movilización de todos los recursos para educar y dar instrumentos educativos a los ciudadanos. No lejos de su concepción y fundamentos, se encuentra la teoría participativa del 'Derecho a la Ciudad', tan acertadamente desarrollada por el sociólogo francés, que ya entró en el parnaso de los grandes intelectuales contemporáneos europeos, uno de mis maestros, Henri Lefèbre.
¿Cómo es posible que un sistema estructurado, con su paisaje definido por calles y edificios, por espacios públicos y privados, por redes subterráneas de aguas, cloacas, gas, electricidad, televisión por cable y micro-conductores de fibra óptica; dotado de signos y de códigos de lenguaje que el ciudadano aprende y aprehende a través de los colores, pueda llegar a ser un generador pedagógico? Recorriendo ese entramado van apareciendo letreros traductores e incitadores, -como en las óperas-, de la función de cada casa: museo, ultramarino, escuela, banco, mercado, iglesia parroquial, abogados asociados, imprenta, zapatería, médico, taberna, ateneo, arquitecto (algunos añaden paisajista), talasoterapia, restaurante, teatro, panadería, cine, mezquita, ayuntamiento, relojero, sinagoga, alfarero, rectorado de universidad, templo, discoteca, papelería, güisquería, asilo, guardería, clínica, biblioteca, cementerio, club, puerto, estación... La ciudadanía se suele comportar por automatismos sucesivos o por el consejo del guardia urbano, del taxista o de un amigo, sin menoscabar los anuncios publicitarios de los periódicos, radio y televisión más lo que cada día llegan a los buzones de cada inmueble habitado. Todos estos letreros, y los ocultos en los subterráneos de las historias ciudadanas o en eso que llaman subconsciente o imaginario colectivo, tienen un significado en la ciudad y para el que la vive. En el conjunto de ellos se enraíza y se va perfilando la educogénesis del tejido social urbano.
¿Y el callejero? Se memorizan las calles de la ciudad y a ellas nos dirigimos guiados por el radar invisible de la reiteración. Dicho así, ese radar particular del que deambula por las arterias de la urbe es menos complejo que el de un murciélago o del que orienta itinerarios de las aves migratorias. Las cosas cambiarían si toda la nomenclatura que nos parece tan próxima y tan familiar (calles, plazas, avenidas), así como todos los demás rótulos (en prioridad, los culturales en el sentido más amplio), fueran explicatorios con la intención de que el ciudadano amplíe conocimientos aunque sea con briznas de razones; fueran, en suma, pedagógicos, lo que convertiría al 'pasear por la ciudad' en 'pasear con la ciudad' de la mano de su pasado y de su presente. Las placas de nombre de las calles de la ciudad deberían, todas, reflejar un referencia explícita. Y si se trata de una persona (de la cultura, las artes, las letras, la ciencia, el mundo intelectual en general, la política, el sindicalismo, etc.), indicar, además del nombre y una palabra de lo que fue o de lo que es (si está en vida), las fechas que inician y que cierran (salvo el con vida) el paréntesis de su existencia. Así es, por regla general, en París, Londres o Ginebra y en otros lugares del planeta. En Nueva York los nombres se sustituyen por números y en San José de Costa Rica por varas, lo que, por su excepción, no viene al cuento.
Sugeriría que un medio de comunicación procediera a una encuesta del nivel de conocimiento de quién es el que, o la que, da nombre a calles de nuestra ciudad, a partir de todos los centros para evitar la inapropiada aproximación socio-urbana de 'centro-periferia': ¿Sabe quién es Trinidad Grund?. ¿Y Sancha?. ¿Y Pries?. ¿Y Cánovas del Castillo? . ¿Y Strachan? ¿Y Marcos de Obregón?. ¿Y Armengual de la Mota?. ¿Y el Dr. Marañón o el Dr. Gálvez Ginachero?. ¿Rafael Calvo?. ¿Cayetano o Simón Bolivar?. ¿Manuel Solano?. ¿José María Sert?... Los resultados previsibles del sondeo: casi todos (o quizá todos menos uno) seríamos los invitados a los cursos intensivos de alfabetización ciudadana antes del 2016.
La transformación pedagógica de los rótulos de la ciudad podría ser uno de los programas de animación cultural urbana mirando a 'Málaga capital cultural europea 2016'. Y que resúmenes de la historia de Málaga, -sin olvidar la riqueza de la 'historia de su evolución social' (y no sólo económica) que a veces se sacrifica o se simplifica en aras de la historia de personajes ilustres y de fechas 'gloriosas'-, circulen por todos los centros escolares y por los circuitos varios de la ciudad. El reto de la capitalidad cultural 2016 es una oportunidad de excelencia para Málaga aúne esfuerzo y llegue a ser una 'ciudad educativa'.