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Sábado, 29 de abril de 2006
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OPINIÓN
CITA EN EL SUR
Momia de salmonete
CUNDE la afición a la taxidermia en todos los terrenos: se propaga la moda del disecado en las altas esferas. Miren el zoo completo de Roca en Marbella. En clave minimalista, también a los cocineros les ha dado por momificar. No se trata de los tradicionales jabugos, cecinas y mojamas. Dicen que es la última proeza de Ferrán Adrià, el mejor cocinero del mundo: la momia de salmonete, un cadáver del sabroso pez descarnado primero y envuelto después en hilos de algodón de azúcar parecido al de las ferias. ¿No será una suerte no ser tan esnob ni tan rico como para estar ansiosos por degustar estas extravagancias? Supongo que el gran placer residirá en fastidiar a los amigos contando que has probado la carne de momia de El Bulli.La sofisticación puede acabar matando la gracia y la vida. Hay un contacto emocionado con lo vivo en el olor de las habas tiernas recién cogidas o -por ejemplo- en el amarillo solar de los huevos que el excelente poeta Joaquín Ríos (ganador que fue del premio Alcántara) consigue en su cortijo, o en la hoja de espinaca tersa con su bichito, sin fumigar...Vida y frescura sin intermediarios, simplicidad horaciana.

Lo de Adriá no deja de ser una metáfora, pero es cierto que existe en muchos una predisposición a rodearse de objetos que hablan de la muerte. Gusto por la presencia del cadáver, el fósil, la reliquia. La carne viva petrificada, detenida en su camino hacia la extinción por la mano voluntaria del hombre: memento mori. En los museos de Egipto las momias llegan a aburrir de tan abundantes; en un museo de Rodas (¿o de Creta?), en cambio, provoca escalofríos la calavera con los dientes apretados en los que se ha fundido la moneda de oro con la que los allegados del difunto pretendían pagar a Caronte, que no cobró el servicio... Hoy sabemos que un herrero español yace momificado en el almacén del Museo de Ciencias Naturales de Montbrisson, Francia. Su historia es conmovedora. Prisionero del ejército de Napoleón, al quedar libre no quiso volver a la España de Fernando VII. Participó en la construcción del museo; murió con treinta años. Escandalizaba por racista la presencia en un museo español del cuerpo disecado del Negro de Bañolas. ¿No es igual de despiadado el caso de este herrero exhibido en su limbo francés de provincias?



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