SI hay un par de iconos de la Europa Mediterránea de la posguerra uno es Sofía Loren y otro la Vespa. Si la primera se conserva razonablemente bien, la segunda está como el primer día y acaba de cumplir los sesenta años. Desde Italia y para todo el mundo, la Vespa fue una de las mayores aportaciones a la cultura del siglo pasado, sus curvas de chapa y su mofletudo perfil están en todas las antologías de los grandes aciertos de su línea, en su caso colaborando al mito del diseño italiano como denominación de origen, con imaginación y calidad. Primero Roma, luego Europa y posteriormente el planeta entero se rindieron ante este vehículo de dos ruedas (o tres), inmortalizado incluso por el cine. De la película 'Vacaciones en Roma' se escribió que su Oscar debió haber sido otorgado a la vespa «porque mientras Gregory Peck intentaba seducir a la Hepburn en la pantalla el mundo entero se enamoró de la Vespa». Casi veinte millones de retoños en todo el mundo fueron los hijos de este flechazo. Y luego vinieron los nietos, la vespino y la vespina, pero ese es otro artículo.