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Lunes, 24 de abril de 2006
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EDITORIAL
EDITORIALES
Nepal, contra su rey
LA esperada propuesta del rey de Nepal de una inmediata devolución de poderes a la sociedad a través de los partidos y de la apertura de un genuino proceso electoral han sido juzgadas por todos los actores políticos locales como tardías, insuficientes y torpemente expresadas. De hecho, pese a la confusa declaración radiotelevisada el viernes, en la capital del país decenas de miles de personas se manifestaban desafiando el toque de queda y la brutal represión lanzada por las fuerzas de Seguridad nepalíes, que han llegado incluso a disparar contra la multitud, causando un número indeterminado de muertos y heridos.

Si el rey Gyanendra hubiera propuesto lo mismo hace poco más de un año tal vez hubiese sido suficiente para acallar las protestas de la oposición. Su desdichada decisión de acabar con las instituciones elegidas poco después de su acceso al poder -en junio de 2001- atravesó varias fases durante las cuales los siete partidos legales sólo pedían volver al statu quo anterior. Ahora, cuando Gyanendra ha sobrepasado todos los límites y es un rey absoluto que ordena disparar contra manifestantes desarmados, la oposición exige abiertamente una Asamblea constituyente y una monarquía parlamentaria sin poderes regios. Y es indiscutible que el monarca se ha ganado a pulso la exigencia; fue rey tras la muerte, en circunstancias trágicas, de su hermano Birendra y varios familiares cercanos, asesinados por el príncipe heredero, que después se suicidó, y aunque hubo rumores sobre su papel en el horrible episodio, fue coronado el 4 de junio de 2001 para empezar a recorrer a toda velocidad una senda política jalonada de excesos y errores, entre ellos el de creer que podría derrotar a la poderosa rebelión maoísta con una guerra abierta que sólo ha traído más desgracias a los habitantes del país del Himalaya. El cierre del Parlamento, contra el criterio de todas las fuerzas políticas, y la declaración del estado de excepción y el toque de queda son los últimos episodios de un capítulo que no ha originado más que desgracias a los habitantes del país del Himalaya.

Acierta plenamente la oposición al exigir que Gyanendra -rodeado de adivinos y 'adicto' a la astrología- renuncie al poder absoluto con el que ha deslegitimado totalmente su de por sí cuestionable mandato. Tras la gravísima crisis se abre, sin embargo, una esperanza en Nepal para reorganizar la vida política e institucional desde la libertad y la democracia, las mismas que Gyanendra, torpemente, se ha encargado de pisotear.



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