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Martes, 11 de abril de 2006
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OPINIÓN
LA TRIBUNA MALAGUEÑA
Por qué y para qué la Semana Santa
La buena noticia, que no la vamos a poder encontrar ni en la filosofía ni en la ciencia, es gratis, es pura gracia. El Dios verdadero rebasa la idea metafísica: es Dios que nos ama
EL humorista genial dibujó a uno comiéndose un libro, y decía: «Un libro al año no hace daño». Cuando nuestra vida urbana vive la abundancia religiosa de nuestra Semana santa, no nos hará daño que, tratemos de reflexionar sobre el sentido que todo ello pueda tener. Déjeme que lo escriba y me explique, y si le resulta filosófico y religioso, «una vez al año »

En este mundo occidental nuestro, calificado como 'del bienestar', es que tenemos de todo. Incluso unas autoridades que se preocupan de que seamos buenos ciudadanos. Eso viene de antiguo, de las cosas que Platón nos relata sobre Sócrates, de la "Ética" y la "Política" de Aristóteles, de los comentarios de los musulmanes andaluces, del filósofo Kant enseñándonos que la ley es la defensa de los derechos del ciudadano, de la Ilustración y su ética de ciudadanos racionales y perfectos

Pero además, en política tenemos la democracia, como sistema político de gobierno que se fundamenta precisamente en los ciudadanos perfectos, que son quienes eligen por mayoría el gobierno perfecto Es que tenemos de todo, ética, democracia: de todo.

De todo no, que la naturaleza no para de combatir al ser humano con enfermedades, con la pobreza, con desastres naturales, con el deterioro del medio ambiente

¿Cómo que no tenemos de todo? ¿Tenemos la ciencia! La ciencia descubre constantemente nuevas maravillas, porque siempre se ha dicho, que «cuando la humanidad se enfrenta a un desafío, la ciencia viene en auxilio de la humanidad». ¿Tenemos la ciencia que abarca desde lo más íntimo de la materia a la distancia inimaginable de las galaxias!

Pero aquel verano, y ya hace siglos, al griego Heráclito de Éfeso le dio por bañarse todos los días en el río, y él, que siempre estaba pensando que todo era y no era, y en esa dialéctica se le iba todo, y por eso le llamaban 'el Oscuro', cayó en la cuenta de que el río de hoy ya no era el de ayer. Tampoco él mismo era ya el de ayer: «Todo pasa, todo es y todo deja de ser» (Con lo tranquilos que vivíamos nosotros, Heráclito, ¿cómo vienes ahora a complicarnos la vida?).

Pero van a seguir los filósofos. Precisamente, pensando en ese fluir de ser y dejar de ser, es como va a llegar otro griego, Aristóteles, a decirnos que tiene que haber un ser que sea el que mueve todo, un motor inmóvil, una causa primera Si le parece a usted lo podemos llamar 'dios', el dios de la metafísica.

Vamos a irnos ahora a lo que Benedicto XVI nos acaba de decir en su encíclica 'Dios es amor': «La potencia divina, a la cual Aristóteles en la cumbre de la filosofía griega trató de llegar a través de la reflexión ella misma no necesita de nada y tampoco ama».

Es decir, que en la altura infinita de su perfección, ese dios de la metafísica ni necesita ni ama al hombre, precisamente porque con su infinita perfección lo tiene todo.

Sigue hablando Benedicto: «Pero el Dios único en que cree Israel sí ama personalmente y ama con amor de predilección a su pueblo».

Un excelente comentario nos viene del teólogo González de Cardedal: «El amor sólo es recognoscible cuando se expresa en compasión que asume, y en debilidad que se comparte. Un amor absoluto, en la distancia, es humillante y no redime Sólo redime el amor que comparte y compadece con la persona amada. La definición de Dios como amor ha nacido, y es creíble, en la luz de la cruz y de la resurrección de Cristo». (Acabamos de aterrizar en nuestra Semana santa).

Y hablando de nuestro mundo y nuestra vida, reconozca usted conmigo que no es tanto el bienestar; que los ciudadanos no somos tan perfectos como intenta la progresía ilustrada; ni la democracia es tan infalible para gobernar los pueblos; ni la ciencia resuelve el problema intimo personal del ser humano, cuyo sentimiento y consciencia le canta cada mañana que el manar de su venero se agota Si nos ponemos a pensar en nuestra debilidad y nuestra finitud, es nuestro propio ser lo que nos ahoga. Cuando no estábamos tan atolondrados de ruido como ahora, los filósofos hablaban de 'la angustia vital', del 'silencio de Dios'. Pensaban, sentían, se angustiaban.

La buena noticia, que no la vamos a poder encontrar ni en la filosofía ni en la ciencia, es gratis, es pura gracia. El Dios verdadero rebasa la idea metafísica: es Dios que nos ama.

Si usted me dice, «no lo creo», yo lo respeto, pero le insistiré en que la Buena Noticia de la fe judeocristiana es que Dios ama al hombre, con un amor de 'deseo de amar' que Benedicto identifica, dignificándolo, con el 'eros' griego, y con un amor de entrega que identifica con el 'ágape' griego. Y esa Buena Noticia se concreta, se identifica en Cristo, cuya imagen, crucificado y resucitado, va a llevar nuestras calles. Y por eso, no se me enfade usted si 'una vez al año' hablo claramente de ello.

Decía el teólogo 'compartir'. La vida del hombre sobre esta tierra no es precisamente un paraíso. Pues toda su dureza, su acritud, su 'esaborición', su amargura la ha querido compartir Jesús siendo 'uno de tantos', como dice Pablo de Tarso, «semejante en todo a nosotros menos en el pecado». Y 'compadecer', no es que le damos lastima, es que 'padece con', padece con nosotros: su temor al fracaso, al martirio, a la muerte «Pase de mí este cáliz ¿Voy a decir que no llegue esta hora?... No, que se haga tu voluntad Que esta hora te glorifique, Padre A pesar de ser el Hijo, ha aprendido a obedecer, sufriendo, para pagar por todos».

La Semana Santa es la Buena Noticia de que Dios nos ama hasta el punto de compartir y compadecer con nosotros. Ese Ser lejano, el que quería adivinar Aristóteles, se ha manifestado: «Lo hemos visto con nuestros ojos, lo hemos palpado con nuestras manos La Vida se nos ha manifestado», escribirá Juan Zebedeo.

«Muchachos, ¿habéis cogido algo?... ¿No!... Pues echad ahí la red ¿Ese es el Señor!» Y comían su pan y su pescado en aquella moraga en la playa del lago. Todos sabían que era Él, no se lo preguntaban, pero todos sabían que era Él», nos escribe el mismo discípulo Juan.

Estas líneas están dedicadas a tantos cofrades, sacrificados y fervorosos, que en estos días de nuestra Semana Santa se afanan buscando que todo resulte perfecto, sabiendo y sintiendo, aunque no lo digan, que Él esta a su lado.



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