ESTÁ Málaga convulsa y ajetreada. Sonidos de cornetas, tambores, campanas de trono y marchas procesionales se oyen por cualquier calle. Los nazarenos le quitan el protagonismo a los coches, y las imágenes captan la atención de mucha gente que el resto del año no pisa una iglesia. La Semana Santa transforma la ciudad y la convierte en un espectáculo en el que todos de alguna forma participan. Unos lo hacen desde cualquier puesto de una procesión; otros desde las aceras mirando lo que pasa por delante, y algunos trabajando a destajo desde la barra de un bar o la cocina de un restaurante. La Semana Santa es religiosidad, pero también es folclore, diversión, vacaciones y una forma de ganarse la vida. Que no es poco el dinero que ingresan en estos días santos los hosteleros, hoteleros y muchos pequeños negocios que llenan sus arcas gracias a todo lo que las cofradías mueven a su alrededor. Con lo que nadie cuenta es que durante la Semana Santa habrá dos terremotos en Málaga. Según dicen las estadísticas, la provincia malagueña sufre un movimiento sísmico cada dos días y medio. Menos mal que son de baja intensidad, porque si así no fuese aviados estábamos. El año pasado hubo 119 microseísmos. La mayor parte no se notaron. Fueron silenciosos soplos telúricos; bostezos del subsuelo que no percibe el oído humano; susurros de la madre naturaleza para acunar a sus súbditos. Lo malo es cuando del susurro se pasa al vozarrón, y la tierra se mueve a paso legionario. Entonces hay que agarrarse fuerte y que Dios nos coja confesados.