CON la primavera llegan las metáforas de los pregoneros y también los carteles, más en las tiendas que en las esquinas, llegan las muchachas con los capirotes en el ciclomotor y las presentaciones de revistas, sayas, mantos, candelerías, tronos y otros elementos del ajuar procesional, llegan las entrevistas y los programas especiales en todos los medios de comunicación, llega, en suma, la apoteosis, no del tejeringo como calificó González Anaya a las claras del alba cuando se encerraba el Paso y la Esperanza, sino la de los traslados, treinta y cinco he contado para este año de 2006, llega un azahar cada vez más escaso por aquello de que los naranjos ensucian mucho, llega ese clima especial, un tanto espeso y con, ahora sí, aroma de fritanga churreril, si se me permite el palabro, que llamamos cuaresma, cuarenta días de preparación, sin duda, para lo que vendrá después, eso que se llama el Evangelio según Málaga.
Tras los supuestos excesos del carnaval, que aquí son bastante moderados, todo sea dicho, mejor, casi inexistentes, llegaba un periodo en el que para empezar no se podía comer carne, salvo que se hubiera pagado una cantidad que daba derecho a un diploma que certificaba el permiso para degustarla, o que se fuera de los monjes de San Isidoro del Campo, que lanzaban cerdos y otros animales al río que pasaba debajo de las cocinas del convento, los pescaban y afirmaban con profunda seriedad teológica que no eran carne pues procedían de las aguas.
Este periodo cuaresmal tuvo una consecuencia en extremo beneficiosa y fue que la gente se exprimiera el cerebro hasta inventar una nueva receta de bacalao, el rey de la cuaresma, el delirio hecho buñuelo, pavía, ensalada malagueña, pil-pil, tortillita con miel de Frigiliana, dorado al más puro estilo portugués y otras ciento y hasta acaso miles de maneras de prepararlo, sólo por el bacalao merecería la pena soportar los agobios de esas semanas en las que el ingenio cristiano alcanzó cotas inigualables, verdaderas cimas del paladar como la torrija en sus variantes castizas de miel y azúcar, y en las más modernas y empalagosas pero no por ello desdeñables de crema en mayor o menor proporción. ¿Qué locura! Como lo que no entra por la puerta, entra por la ventana.
En cuanto al sexo, prohibido siempre, pero en cuaresma, vade retro, que te condenas sin escapatoria, que lo ha dicho el padre jesuita en los ejercicios del Sagrado Corazón, que el menor pensamiento libidinoso y todos lo eran, nos lanzaba a las tinieblas sin esperanza de salvación, igual que hacen algunos cofrades, hipocritillas ellos, pelín fariseos, que son más católicos que nadie y que se creen que una cofradía es un monasterio cartujo y que todo aquel que no presente expediente de limpieza de santidad es digno de ser arrastrado al infierno, que no es otra cosa que una eternidad sin procesiones, sin marchas y sin oler a incienso, vamos, una vida normal en la que la adicción al capirote no existe.
Sin embargo, la primavera, ya se sabe, altera la sangre y el burdel de la vieja puta Celestina no tenía periodo más próspero que los días santos, en los que se pecaba mucho para arrepentirse y volver a pecar, como escribió Lope de Vega en un soneto inmortal de la literatura española, perdón, de la literatura de no se sabe dónde, que el adjetivo española es hoy fuente de querellas y disputas que no han de verse reflejadas en esta lámina que sólo pretende, y no es poco, deleitar aprovechando al avisado lector. Que sí, que estos días eran de mucho trajín corporal y de grandes gustos lujuriosos, acompañados de grandes zurriagazos en las carnes, con lo que, para algunos, el placer aumentaba mucho, que siempre hubo gentes de todas las tallas de pensamiento.