DE acuerdo, somos europeos, pero todavía contemplamos obnubilados el autobús que llega a la parada a su hora, la gente que se comporta de forma cívica porque sí - sin un policía al lado que se lo recuerde-, las bicicletas en la calle sin cadenas para evitar robos, los coches con objetos a la vista, tranquilamente aparcados y, casi, hasta los que usan todos los contenedores de reciclaje.
En España, lo normal es que si no hay alguien vigilando que todo vaya ocurriendo, las cosas no sucedan, o por lo menos no sucedan a su hora.
Manuel Marín se ha propuesto que los diputados tengan un horario más UE, lo que significa adelantar un poco el comienzo de los plenos y dejar el receso para comer en una hora. Muchos parlamentarios protestan, sobre todo por lo de la comida. Y no es que les guste dormir la siesta. Lo importante no es el comer en sí, sino para qué comen ( y no me refiero a alimentarse). Toda conspiración o filtración requiere café y copa, como poco.
En el fondo los españoles no hemos asimilado eso de madrugar mucho y comer en una hora. El horario de ocho a tres es el más deseado por muchos. Eso sí, siempre que haya manga ancha para llegar a partir de las ocho y cuarto, con su buen ratito para desayunar y salir un poco antes, que si no se pilla atasco.
Llevarse una tartera al trabajo con la comida preparada de casa para concentrar la jornada no sólo no es visto aún por un porcentaje elevado de gente como un signo de progreso sino todo lo contrario. Es más, habrá quien considere que eso es para los albañiles. Y al menos en esto tenemos mucho que aprender de ellos.
Tener todas las horas del día ocupadas es práctico cuando no se sabe qué hacer con el ocio o cuando se quiere evitar que a uno le caigan tareas domésticas de las que hasta ahora se escaqueaba, pero no es lo más saludable.
Es sorprendente que cuanto menos se viaja en mejor consideración se tiene la propia tierra.