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Miércoles, 29 de marzo de 2006
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OPINIÓN
TRIBUNA
La revolución de los ricos
EL señor Maragall, el honorable presidente de la Generalidad catalana, ha declarado que no piensa tolerar que haya comunidades como Andalucía que crezcan más que Cataluña. O algo así. Hay personas que estarían mejor calladas. Lamentablemente no puedo votar contra Maragall por lo que me conformo con escribir este artículo. John Kenneth Galbraith, dejó dicho en alguna parte que lo que estaba sucediendo en el mundo en los últimos años era una revolución de los ricos contra los pobres. Algo de esto recuerdo haberle leído a Antonio Muñoz Molina, ese andaluz del silencio, hace algunos años. La izquierda catalana se lamenta de que las comunidades menos desarrolladas puedan alcanzar su mismo estatus. Ante tal descaro la izquierda andaluza, tan veterotestamentaria, traga saliva. Hubo una época en la que las personas de izquierda vivían el sueño de la igualdad, de la fraternidad, de la libertad, y para ello se apuntaban a todas y cada una de las revoluciones que se hacían en el nombre de aquellos principios que consagró la revolución francesa e hizo suya el siglo de las luces. No, ya pasó la época en la que los desposeídos de la fortuna, los marginados, los pobres, los trabajadores, se rebelaban contra el poder opresor. La época de la revolución francesa, de la rusa, de la española de la República, que tanta esperanza trajeron y también tanta sangre y desilusión con sus fracasos. No.

Ahora han sido los ricos los que se han rebelado contra los pobres. Son los privilegiados los que llevan la iniciativa. Comenzó con la señora Thatcher, siguió con el señor Reagan y ha alcanzado todo su empeño con George W. Bush. Su objetivo, derrotar al Estado de Bienestar, esa tímida victoria, ese escuálido parto de tanta revolución sangrienta. Su misión, conseguir que los ricos sean más ricos. Su Dios, el mercado. Su disculpa, que sólo los ricos, los capitalistas se les llamaba antes, los poderosos serán capaces de sacar a los pobres de su atraso y de su miseria. Para ello necesitan de tontos útiles como Maragall, de nacionalistas iluminados como Ibarretxe, de ingenuos socialistas como Chaves. Pobres, hombres, pobres, creyéndose alguien en un mundo en el que hace tiempo no son más que marionetas de un cambio de modelo sobre el que nada influyen y contra el que nada pueden ni saben hacer, salvo, como los pollinos en verano, intentar pasar las horas de calor bajo la sombra luchando inútilmente contra las moscas con un rabo, que, es ya un instrumento anticuado para espantar a unos bichos que saben inglés y que han estudiado en las escuelas de economía del norte. En una ocasión le oí decir a uno de estos economistas que la única solución para garantizar la supervivencia de los elefantes era privatizarlos a todos y que cada elefante fuese propiedad de un rico-hombre pues de esta manera las leyes del maximin, o algo así, se encargarían de conseguir el mayor beneficio para el pobre elefante. Privatizar a los pobres. He aquí la nueva consigna revolucionaria.

Mientras tanto la izquierda de siempre, empeñada en conservar el estatus quo, en proteger el aire y el agua del planeta, en preservar los bosques y la tierra, en mantener las débiles estructuras de un Estado de Bienestar en el que ya nadie, al parecer, cree, se cala la boina hasta las cejas y se engolfa con los nacionalismos provincianos. Una izquierda que ha encontrado en los nuevos nacionalismos una razón de supervivencia, aunque esta razón sea una sinrazón como esta que lleva a este catalán con pedigrí, que ahora preside la Generalidad, a tratar a los andaluces como ganapanes, como pobres que viven de la sopaboba de un Estado que sobrevive, parece, gracias a que hay ricos como Maragall que toleran que haya pobres como los andaluces, unos pobres, hombres, pobres, que no deben osar dejar de serlo, pues entonces ellos ya no serían pobres, hombres, ricos, pues un rico es alguien que tiene más que otro pero no necesariamente alguien que tiene mucho, pues estos, los que tienen mucho no son ya ricos sino poderosos y son estos, los poderosos hombres ricos, los que han hecho la revolución, esa revolución que ha dejado sentados a los viejos conservadores de izquierda, y que necesita de personas como Maragall, estos parvenue al nacionalismo, estos pobres solemnes que no de solemnidad, que se creen ricos porque hay otros que tienen menos o que necesitan de otros que tienen menos para sentirse ricos y creer así que también ellos tienen poder, que pertenecen al club de los que tiene poder, cuando lo único que tienen estos pobres-ricos es el escudo de armas, el pedigrí de viejos hidalgos, unas migajas del pasado del mismo calibre de aquellas que se echaba en la capa el bachiller cervantino, esas migajas de historia junto al escudo de armas de una gauche divine barcelonesa, que tuvo su momento de gloria en el franquismo tardío, cuando ser revolucionario era fácil pues tenían enfrente a un obeso general, agónico desde hacía muchos años y que ya no era ni sombra de lo que fue. Unos nuevos ricos, unos revolucionarios, que, además, con su dinero son capaces de comprar el mayor de los estatus, el mayor de los lujos que en una sociedad opulenta se puede disfrutar, que es el estatus de víctima. Una pobre víctima el señor Bush, víctima del terrorismo mundial, una patética víctima el señor Maragall víctima del empeño de otros territorios, de otras comunidades, de los andaluces en este caso, de alcanzar el mismo nivel de bienestar que tiene su clientela política, que no son los catalanes, pues generalizar, hablar de los catalanes, como si Maragall y los catalanes fueran una misma cosa, sería una forma bárbara de hablar y es de eso de lo que habría que huir, pues la única patria posible, la única revolución que nadie nos puede quitar, es la del lenguaje, que no es lo mismo que la de la lengua, que es otra de las pataletas de algunas izquierdas que confunden el idioma, con la lengua y la lengua con el lenguaje.

Por eso es muy importante que, al menos no nos quiten el lenguaje, que tiene más que ver con el acento, pero que sobre todo tienen más que ver con la precisión, pues aunque Alicia dejara magistralmente dicho que no importa tanto si una palabra quiere decir esto o aquello sino saber quien manda aquí, el último refugio de los pobres, de los marginados, de los que no son ricos ni poderosos, es no conceder ni un milímetro en el significado de las palabras, pues de esta forma cuando hablemos de los catalanes no los confundiremos con Maragall, y cuando hablemos de Maragall nos estaremos acordando de visionarios como el señor Bush ese, el que no firma el protocolo de Kioto en nombre de la defensa del medio ambiente, el que aboga por la explotación petrolífera en los terrenos vírgenes de Alaska, en nombre de la riqueza de las naciones y el que justifica la tortura en el nombre de Cristo. De un señor Maragall, tan honorable que no sólo cree, en pleno siglo XXI, que Cataluña es una nación, sino que necesita que otras comunidades no lo sean y que, además, sigan siendo no más pobres, pues hablar de pobreza por estas latitudes es un frivolidad, sino que el PBI, ese oscuro objeto del deseo, siga estando por debajo del de ellos. Pues ya sabe...



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