EN Málaga probablemente ha llegado a constituir un lastre la inclinación automatizada a convertir cada gran proyecto en un gran problema, como si la ciudad no tuviese capacidad de metabolizar y debatir su progreso sin cuestionar cada iniciativa hasta el bloqueo estéril. Con todo, la presentación en sociedad de la urbanización del suelo de los depósitos de Repsol ha provocado una respuesta inusualmente conforme, más allá de la conmoción lógica al tratarse de un proyecto impactante con capacidad de transformar contundentemente el paisaje de la ciudad. Se trata, de acuerdo con la primera visualización en las maquetas y en la exposición de motivos de sus promotores, de un proyecto de altura, término intencionalmente ambivalente, ya que además de introducir la figura del rascacielos como 'skyline' de esta ciudad asimismo aporta una dimensión hasta ahora desusada en la zona y en la mayoría de ciudades de talla media-alta, como si la silueta del rascacielos estuviese reservada sólo a las grandes potencias urbanas. Dar ese salto de escala no es baladí.
Por supuesto, hay incertidumbres evidentes en este cambio de escala destinado a elevar el listón de la ciudad. El urbanismo de aglomeración de edificios aporta la posibilidad de enmascarar la falta de calidad de los mismos al quedar ocultos unos con otros; pero en la ciudad abierta, donde las alturas conviven con amplios espacios horizontales, no se puede emboscar la menor trampa. Ahí la calidad y la falta de calidad quedan al descubierto. Por supuesto, de cumplirse las expectativas, la creación de ochenta mil metros cuadrados de zonas verdes, la configuración de un zócalo destinado a integrar la diversidad de las actividades urbanas, la permeabilidad de la zona para impregnar el entorno contribuyendo a la transformación del espacio no sólo por lo que se refiere al Camino de San Rafael sino al bulevar de tres kilómetros sobre las vías urbanas del ferrocarril, todo ello va a dar valor añadido al proyecto de rascacielos y sin duda va a fomentar la aparición de una nueva centralidad urbana con efecto irradiante en esa zona decaída. Y esto resulta indicativo de la valentía del proyecto, tanto en el plano político como en el empresarial. Hay que felicitarse, desde luego, ante esa iniciativa privada asumiendo una apuesta de tal dimensión y sin carta libre.
Este periódico, en definitiva, no regatea elogios al proyecto. Sin embargo, esto debe entenderse bajo ciertas exigencias: el consenso ilusionante está vinculado a los parámetros con que el proyecto se ha dado a conocer, y no puede haber coartadas para que éste se vea posteriormente rebajado. En esto hay que mostrarse inflexibles. La viabilidad debe estar aquilatada en los estudios de mercado y los análisis financieros solventes; y la calidad arquitectónica y urbanística debe ser la seña de identidad en todos los perfiles del proyecto, tanto en las zonas verdes y el mobiliario urbano como en la construcción, y en particular el rascacielos destinado a elevarse como una antena que emita las señales de la capacidad de Málaga para actuar como una gran ciudad.