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Martes, 7 de marzo de 2006
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OPINIÓN
CITA EN EL SUR
Maneras de morir
AL acabar la Guerra Civil española el nombre de Carmen de Burgos (Colombine) estaba entre los primeros en las listas de autores preparados para ser prohibidos. No es extraño que la escritora almeriense, regeneracionista y europeísta, resultara inaceptable para el nuevo y rancio régimen: se había separado de su marido, se marchó a Madrid con su hija y viajó por Europa con ella, ganó dinero con sus novelas, vivió una historia amorosa con Ramón Gómez de la Serna y pidió en las puertas del congreso el voto para las mujeres en la década de los años veinte. Una biografía suya, obra de la profesora Concepción Núñez Rey, ha sido galardonada con el premio Domínguez Ortiz de biografía. La ha publicado la Fundación José Manuel Lara de Sevilla (cosas así compensan otras operaciones impresentables frivolidades de la estirpe-Planeta). Anna Caballé, autora de una 'Breve historia de la misoginia' publicada en Lumen, recuerda el amargo destino de la memoria de Carmen de Burgos: en su Almería natal se dio su nombre a un prostíbulo.

Nada de esto es extraño si se recuerda lo que los intelectuales españoles han ido dejando escrito y dicho sobre sus presuntas colegas. Mi admirado Clarín, que con tanta pericia literaria hurgó en los entresijos del poder eclesiástico y que dejó en su Regenta un testimonio contundente de la inutilidad de la vida de tantas mujeres (puede que involuntariamente: hay mucha delectación en la descripción del hundimiento de Ana Ozores), llegó a decir lo siguiente: «La poetisa fea, cuando no llega a poeta, no suele ser más que una fea que se hace el amor a sí misma. La hermosa no tiene perdón de Dios». El cultísimo Rafael Cansinos Asséns, tan admirado por Borges, nos ha legado esto: «Más ilustran acerca del alma del hombre, e incluso de la mujer unas páginas de Martínez Sierra o de Felipe Trigo que toda la labor literaria de las escritoras de la época». Qué atrevida es la ignorancia: todas las obras de Martínez Sierra, e incluso sus discursos públicos, como está ya demostrado, las escribió su esposa María Lejárraga, prolífica y brillante dramaturga, amiga y colaboradora de Falla. De un profesor tan prestigioso como José Carlos Mainer se sabe que al ser preguntado en una universidad norteamericana por la narrativa de mujeres del siglo XX en España declaró ante el sorprendido alumnado que no conocía a ninguna que valiera la pena (como si ni Chacel ni Matute ni Martín Gaite ni Laforet hubieran existido).

Anna Caballé confiesa que piensa mucho en una frase de Thomas Bernhard, uno de esos autores centroeuropeos incómodos, pesimistas y agrios que suelen meter el dedo en la llaga (y que no abundan aquí): «Cuando una mujer se vuelve demasiado fuerte el hombre siente deseos de matarla». Dedicamos en estos días de marzo esta abrupta frase (que sirve tanto para la muerte real como para la simbólica, la de María Lejárraga o la de Kate Moss, por ejemplo) a las víctimas de malos tratos fallecidas este año, a los displicentes que se dicen empachados de igualdad y a la memoria de Carmen de Burgos. Caballeros, regálense estos libros.



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