POR segunda vez -la primera fue su visita a Bagdad a finales de 2003- el presidente Bush ha puesto pie en uno de los escenarios en los que los Estados Unidos libran la guerra global contra el terrorismo. En esta primera visita relámpago a Afganistán, poco más de seis horas, George W. Bush se dirigió a las tropas norteamericanas para expresarles su convencimiento de que, antes o después, Osama bin Laden será capturado y que los Estados Unidos impulsarán como hasta ahora la democracia emergente del país, auténtica fuente de inspiración para otras naciones.
Si se atiende al contexto vigente, con un auge del terrorismo talibán que conviene no minusvalorar, lo verdaderamente relevante de la visita del presidente es la firme reiteración del compromiso de Washington con el régimen del presidente afgano, Hamid Karzai. Bush dijo, como ha hecho tantas veces hablando de Irak, que su país no hará las maletas y se irá de un día para otro, una promesa que puede tornarse en realmente meritoria si empeora la situación actual. De hecho, sólo unas horas antes del aterrizaje del presidente en Kabul, el mismo jefe de Inteligencia del Pentágono, general Maples, reconoció ante el Senado que la insurgencia es «eficaz y elástica» y que el año pasado los incidentes armados aumentaron un 20%; aunque inmediatamente subrayó que ésta no será capaz de arruinar el progreso político derivado del proceso institucional.
En Afganistán, con todas las dificultades existentes, no se está viviendo el incesante río de sangre que acompaña en Irak a su frágil proceso político. La Asamblea elegida democráticamente se ha convertido en un capital democrático y aunque es verdad que no hay partidos propiamente dichos y que se ha debido asumir la preexistencia de fuertes liderazgos tribales muy arraigados, la inteligencia con la que el Parlamento afgano ha conseguido ensamblar esas particularidades sociopolíticas con el proceso institucional en curso está dando ya unos frutos incuestionables. Pensar que en cuatro años se ha pasado de un implacable régimen teocrático a tener una nueva Constitución, celebrar elecciones presidenciales y elegir por primera vez en 30 años un Parlamento en las urnas, es un salto que sólo puede calificarse de increíblemente positivo.
Bush espera rebajar este año en unos tres mil soldados el contingente norteamericano, ahora cifrado en 19.000 hombres, y para ello cuenta con el acordado despliegue de unidades de la OTAN en las zonas calientes. Este relevo de las tropas de la Alianza debe, sin embargo, salvar ciertas reticencias si se quiere dar credibilidad a la operación 'Libertad Duradera', lanzada poco después de que Bin Laden, amparado por el régimen talibán, ordenara la matanza del 11 de septiembre.