Ala Guardia Civil le llega el aniversario del 23-F en un momento oscuro de trincalinas bananeras en el aeropuerto de Málaga o en las patrullas camineras de Tráfico en Salamanca. Un puñado de hombres con el uniforme manchado. El deshonor del billete de 50 euros como principal divisa. Setenta mil hombres y mujeres en el Cuerpo dan para mucho, incluso para poner grilletes a esos compañeros, malpagados como ellos. Demasiados pocas ovejas negras por poco más de mil euros al mes. Como ganado, los 200 guardias del 23-F que fueron arengados para salvar España antes de subir a los autobuses manchegos en las cocheras de Príncipe de Vergara con destino al Congreso creían que iban a reprimir una protesta, pero no: les aplaudían enfilando Cibeles. Fue ver por la tele las imágenes -aunque eran a color, las recuerdo con la gravedad del blanco y negro- de aquel tribuno de charol, pistola y tacos y sentir -tenía 20 años y el pañal puesto de universitario- que la historia interminable se cocinaba a pocos kilómetros de allí, un ensayo de guerracivilismo con miedo de pistolas montadas y tanques en Valencia como dinosaurios con dieta de rojos y demócratas. Un grupo de inconscientes e indocumentados fuimos hasta la zona cero, bueno, hasta la plaza donde Neptuno con su tridente y la policía con sus metralletas no nos dejaban pasar a nosotros y a nuestro miedo. Había coches fantasmales con oscuras gentes dentro en aquella noche de guerra cerca del Museo del Prado. A lo lejos, José María García, con un par, sobre el capó de un coche, como en unas maniobras, entre coches militares, uniformes y taconazos. Entre el Hotel Palace y un infierno con moqueta.