«UN familiar contrajo cáncer, y la angustia me hizo leer mucho acerca de su enfermedad e intercambiar puntos de vista en asociaciones. Estando ya embarazada de mi hijo encontré información en Internet sobre las células del cordón umbilical y su utilización en el tratamiento de cánceres hematológicos. Poco después, en una sesión de preparación al parto, una de las futuras madres trajo un folleto que hablaba del asunto. Hablé con mi ginecóloga: '¿Tú recogerías la muestra?'. 'Sí, por supuesto. Me parece una buena idea'. Lo hice por prevención. La ciencia avanza y quién sabe si algún día esa sangre servirá para curar a alguno de los míos. Una amiga tuvo un segundo hijo para que pudiera donar médula ósea a su hermana mayor, que padecía anemia de Fanconi. El dinero es lo de menos. Prefiero conservar el cordón umbilical y no usarlo, que tirarlo y necesitarlo. Quiero lo mejor para mi hijo, y eso incluye todas las posibilidades sanitarias que pueda proporcionarle». Yolanda y Gonzalo son una de las cientos de parejas españolas que han congelado fuera de nuestro país la sangre del cordón umbilical (SCU) de sus bebés para usarla en el tratamiento de enfermedades futuras. O no. Sin duda, todas coinciden en que ése es un cartucho que preferirían no usar nunca. Los padres pagan de 1.500 a 2.000 euros a empresas privadas que se hacen cargo del transporte y la conservación de las células madre en laboratorios del Reino Unido, Bélgica o Alemania, por ejemplo.