EN tiempos de mudanza y deslocalización a alta velocidad el proyecto para convertir el taller de Renfe en Málaga en centro de fabricación y mantenimiento de trenes AVE y garantizar así más de 400 empleos es un auténtico diamante en el panorama industrial nacional. Estamos ante una nueva entrega de la más que exitosa historia de la alta velocidad, que apenas daba otro argumento inicial que la pugna entre el Gobierno central y la Junta a finales de los 90. Si entonces algún mandamás de la cosa hubiese anunciado o siquiera sugerido que, además de una línea que pondría el viaje a Madrid en tren en poco menos de tres horas, Málaga tendría el taller para hacer las máquinas y vagones y que aquí se les haría el mantenimiento futuro, la operación AVE de Málaga hubiera entrado de lleno en el delirio. El tren ya es un proyecto a las puertas que hará historia y no sólo en las apergaminadas páginas de los anales ferroviarios de Andalucía, sin apenas añadidos desde hace 150 años si exceptuamos el AVE pioneroMadrid-Sevilla. Aquél fue beneficio colateral de la Expo, invento por cierto donde confluyeron tres cosas únicas e irrepetibles para que resultara capital elegida: el pretexto histórico (Colón estuvo en el monasterio de La Cartuja), el suelo urbano necesario para montar tan magno 'show' (200 hectáreas a tiro de piedra del centro de la ciudad) y, tercera cosa y clave del arco: Felipe González era del lugar y, a la sazón, 'number one'. El AVE de Málaga no ha necesitado tan épica confluencia astral. Apenas dos mujeres en esa estación donde poder y oportunidades se suben juntos muy pocas veces -Villalobos y Álvarez- nos han traído una Expo como un tren.