La cena, más fría que de costumbre, supo anoche mejor que nunca. Poco importó que las patatas fritas no crujiesen al masticarlas, o que el filete necesitase de alguna pasada extra por las muelas. Las noches de Euroliga en el Palacio de los Deportes conllevan irremediablemente el riesgo de llegar tarde a casa, de besar a los niños cuando ya duermen, o de despertar a quien con tanto cariño dejó el plato con la comida tapado sobre la encimera de la cocina. Todo sea por este Unicaja que tanta ilusión genera, por más que sus síntomas de suficiencia frente a rivales más débiles, como el Partizán anoche, le lleven a ganar sus partidos en la prórroga (83-79).