Todos los mortales protagonizamos momentos históricos, aunque sea de una historia de andar por casa y con escasos visos de inmortalidad. Hay quien considera afortunados a los que tienen la oportunidad de influir o cambiar el rumbo de una nación, de una comunidad autónoma o de un municipio. Los líderes catalanes, sin entrar en el fondo de sus postulados, han dado una lección de briega política en pos de conseguir sus objetivos. Ahora le toca el turno a los andaluces. Renunciar a que un Estatuto cuente con la aportación del cien por cien de los representantes de la sociedad andaluza puede ser un riesgo estratégico y hasta un error histórico. Una cuestión es el desinterés casi general que existe sobre este asunto en nuestra comunidad en este momento, y otra muy distinta, considerar que aquí vale y se perdona todo. El partidismo no puede primar sobre el interés general. El debate ha destapado el viejo complejo de inferioridad que pende sobre esta autonomía, o al menos, sobre sus políticos. Se han mirado en todos los espejos, pero sobre todo en el catalán. Ahora, cuando se pone música y letra al pacto entre Barcelona y Madrid, el escenario comienza a quedarse vacío. A los estadistas andaluces no les puede entrar el miedo escénico. La típica e insulsa guerra de descalificaciones se antoja un recurso pueril. Lo de bailar con la más fea se debería regular por un escrupuloso turno de llegada: La España de la solidaridad y la igualdad no nos puede exigir que siempre nos toque a los sureños. Nos han enseñado que los estatutos sirven para pedir y mejorar. Toca mover ficha.