CORRESPONDE a don Francisco de Quevedo el honor de ser el máximo creador de palabras del español como he investigado en algunos trabajos; el último publicado en el volumen 'Quevedo en Manhhatan'. Casi todos sus neologismos eran «voces jocosas» resultado del «fértil ingenio» del autor como afirma el DRAE. Quevedo, por arte, jugaba con las palabras; así ocurre con 'adanismo' que se define como «concurso de gente desnuda, mayormente cuando concurre de uno y otro sexo». Un neologismo que conviene a los tiempos que corren es 'abernardarse' que se corresponde con «irritarse y encenderse en cólera» y que tiene su origen en la ira de Bernardo del Carpio en Roncesvalles; aunque quién sabe a estas alturas quién es el tal Bernardo y qué es Roncesvalles; pues sí, 'abernardado' anda el patio político y más que se 'abernardará' según creo.
Corresponde al presidente del gobierno el dudoso honor de relativizar el español, que ese es el nombre del idioma de ambas orillas del océano como con claridad meridiana establece el 'Diccionario panhispánico de dudas' de la RAE. Hace mucho tiempo que la polémica entre castellano y español quedó zanjada científicamente hablando; pues bien, José Luis Rodríguez, que no es menester nombrarlo por los dos apellidos, sea tan sólo por seguir la corta tradición de la mayoría de los presidentes desde el advenimiento, por consenso, no hay que olvidarlo, de la democracia, se ha metido a creador de nuevos significados, a alquimista del idioma y cada día ofrece una perla, no cultivada, claro está, de lo que su estro o el de sus asesores, o el de ambos, es capaz de producir. En un prólogo muy ilustrativo el presidente afirma que no existe certeza de nada, que la lógica no es tal, que lo que importa es hablar; el acto elocutivo es principio y fin; según esto, dónde queda la comunicación, el entenderse a partir de los significados compartidos por los hablantes, en nada, en un mero ejercicio de relativismo, la gran palabra.
No me creo lo afirmado en el prólogo de marras. El presidente tiene su lenguaje claro y preciso pero no lo puede presentar así ante los ciudadanos; lo cubre de niebla, de espesores, de cursilería, de gangas que lo van desfigurando hasta que el nuevo significado de las palabras nace rotundo y adecuado a las intenciones deseadas, a esas intenciones que son voluntad de eternidad en el poder y esperanza de que España se acerque al modelo federal que algunos defendían en la Primera República.
Al lado de los nuevos significados el presidente utiliza abundantemente dos mecanismos: la eliminación de palabras y hasta, caso nunca visto hasta la fecha, el cambio de significado por ubicación. Veamos, la «democracia» que es un sistema político se convierte en «social» con lo cual se reduce y altera su sentido. «Demócrata» se aplicará a los miembros de cualquier partido político salvo a los del PP que no lo son por axioma. El sintagma «unidad de España» no lo ha usado jamás porque va contra su naturaleza y «nación» ya no es «nación» porque lo pongo en el Preámbulo y no en el articulado, así me quedará constitucional.
Este es el mayor hallazgo; en un texto jurídico, que busca la certidumbre y tiene carácter normativo, la palabra deja de ser lo que es según el lugar que ocupe. Parece, pues, que Cataluña es y no es al mismo tiempo, levita en el significado. No es así y no hay razón para ofender la inteligencia de nadie. Esté donde esté «nación» tiene un significado preciso. ¿Tremendas novedades léxico-semánticas! Pasmado me quedo ante tanta creatividad y eso que José Luis Rodríguez no nos era conocido como filólogo y lexicógrafo.
Una característica básica del lenguaje político de cualquier época es su ambigüedad, su posibilismo, su adaptación al momento concreto; aquí se ha rizado el rizo hasta hacerlo rocalla. La redacción del Preámbulo será un dislate sin duda pero, atentos, lo que es imprecisión en la voluntad del gobierno es seguridad semántica absoluta para los nacionalistas que sí usan el español, idioma detestado, con claridad meridiana. Los partidos nacionalistas o independentistas, tanto da, saben muy bien lo que es «nación» y el siguiente paso de esta danza agónica es pedir la soberanía correspondiente. El estado se ha ido depauperando desde los tiempos de la transición y el proceso no acabará hasta que los nacionalistas consigan sus objetivos de manera más o menos burda.
El relativismo aplicado al español llega a admitir lisa y llanamente su desaparición sobre el papel en el nuevo estatuto catalán. El artículo 3.1 de la Constitución afirma que todos los españoles tienen el «deber» de conocer el idioma y el «derecho» a usarlo; en consecuencia corresponde al estado asegurar que en cualquier territorio se estudie español con garantías de calidad sin detrimento de que se aprenda la lengua de ese ámbito para que cada uno las use como y cuando quiera. No es así y mucho menos lo será. La discriminación del español, su persecución, es un hecho más que probado hasta llegar al ridículo. Recientemente a Pío Baroja se le ha negado el calificativo de escritor vasco porque no escribía en vascuence. En el nuevo estatuto, vieja y añeja prosa discriminatoria con resabios decimonónicos, se consagra el atentado contra la lengua común. Los nacionalistas son coherentes sin duda. Menos mal que el idioma no depende de la coyuntura ni del pasteleo. El español nunca ha sido atendido por las instancias públicas como corresponde; seguramente por eso goza de una magnífica salud y tiene un futuro más que garantizado.
En estas circunstancias las academias de enseñanza de idiomas de Cataluña, el País Vasco y otros territorios añadirán a su oferta el aprendizaje del español y el estado, siempre cumplidor del texto constitucional, deberá crear Institutos Cervantes en esas 'naciones' que como corresponde serán inaugurados con el protocolo y boato de costumbre; aunque ya sé que la filosofía del los cervantes ha cambiado profundamente y tampoco será posible. No importa demasiado, casi nada, el futuro del español está a años luz de tanta sandez relativista.