LA escena de cientos de marroquíes atentas al megáfono de un 'casting' en Kenitra para venir a la fresa en Huelva es un nuevo fotograma que añadir al documental de la inmigración y al complejo paisaje laboral de nuestra tierra. Una oferta así -las candidatas al papel de extras de invernadero han de tener más de 20 años y menos de 40 y con familia- en terruño andaluz es ahora impensable por inútil, pero hace años hubiera levantado oleadas de indignación sindical y todo tipo de reprobaciones jurídicas, incluida la de su presunta inconstitucionalidad. No ha habido clamor alguno ante el atracón de discriminación positiva que excluye al hombre y en el que, además, se vulnera la presunción de inocencia, pues decir marroquí varón es presumir clandestinidad una vez acabada la fresa, según la versión empresarial. Estamos en un tiempo en el que la inmigración ha asumido, qué remedio, trabajos que los andaluces rehusamos por su dureza. El 'casting' jornalero de Kenitra, con todo lo que se quiera, dignifica un panorama donde el contrapunto lo pone el fraude laboral autóctono y esa mano de obra extranjera, carne de cañón para desaprensivos y prisionera de una legislación que les condena a ser falsos 'turistas' temerosos de un tajo a otro sin poder lograr papeles. Las mujeres de Kenitra vienen con todas las de la ley y cobrarán diez veces más que en su país. Serán una isla de legalidad allí donde la contratación irregular tiene el campo abonado. Les va a impresionar el agua caliente en los albergues, pero sobre todo que los parados del campo andaluz no se están quietos. Los hay que entre fresa y fresa, cogen también la lechuga del desempleo.