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Lunes, 23 de enero de 2006
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OPINIÓN
LA ROTONDA
Una ballena sin nombre
L final murió. Los rescates tipo 'Salvad a Willy' sólo funcionan en los guiones melosos de las 'pelis' americanas. Lo normal, lo cotidiano, es fallecer en el anonimato aunque medio continente se interese por una peripecia que deviene en anécdota. Lúgubre, sí. Pero esta ballena que se adentró con la brújula mareada en el Támesis se ha convertido en eso, en una triste anécdota. Son cetáceos nada desconocidos por estos lares. Los calderones, ballenas casi de peluche, como delfines de buen año y mejor morro, transitan por el Estrecho como Pedro (digo parias) por su casa. Es más, casi todos los días salen crucerillos turísticos para avistarlos, por el lado de Marruecos donde se desenvuelven mejor. De siempre, aquí, las conocemos como ballenas piloto. La metáfora surge burda, pero ya tiene narices que sea una ballena piloto la que pierda el rumbo, se interne en vena en la pérfida Albión y se nos muera justo cuando intentaban retornarla a mar abierto. Esta ballena sin nombre venía del norte y, acostumbrada a bucear a tres kilómetros de profundidad de una tacada pulmonar, sólo encontró cieno y ferralla en un Támesis ceniciento. Lograron sacarla del agua y meterla en una gabarra que la iba a devolver a aguas libres, a la vida. Ni los chillidos de su madre, en el estuario, a 50 kilómetros, llamándola, la salvaron. El calderón innominado murió con las aletas puestas. Fue más original que las que se varan y suicidan en las playas. No sufran. Nadie llorará mucho su tragedia. Total, otro piloto caído en combate.



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