EL comisario europeo de Economía, Joaquín Almunia, opuesto a la energía nuclear durante su dilatada estancia en la política española, pidió esta semana en Barcelona la reanudación del debate nuclear alegando que, ahora, a la vista de la evolución del sector energético sería suicida no analizar de nuevo en qué circunstancias y bajo qué supuestos y garantías puede volver a reconsiderarse el impulso a la energía nuclear. No se trataría de dar un giro copernicano a la actual estrategia de producción energética pero sí de evaluar una realidad que apunta a un encarecimiento creciente del crudo, empujada por una demanda creciente de los países emergentes en un mercado que se caracteriza por la inestabilidad política crónica de varios de los principales productores.
El alto precio del producto impulsará las prospecciones y la puesta en explotación de nuevos yacimientos menos rentables pero todas las opiniones coinciden en augurar la escasez a medio plazo, que se manifestará en forma de precios cada vez más altos. Frente a esta contracción progresiva de la oferta, las energías 'limpias' alternativas son notoriamente insuficientes para asumir la plena sustitución de las convencionales y satisfacer la demanda. La producción de energía hidráulica, por otra parte, ha alcanzado su techo en España.
A día de hoy, la prevención que suscita la energía nuclear en la opinión pública se basa en dos elementos: el riesgo de accidente que comportan las centrales y el problema de la eliminación de residuos radioactivos. Uno y otro han engendrado un rechazo masivo y, en cierto modo, infundado. En lo referente a la primera cuestión, y aunque no cabe ignorar Chernobil, es claro que la tecnología ha reducido el riesgo hasta volverlo despreciable. Tampoco tiene mucho sentido que España decrete un apagón nuclear cuando está condenada a mantener docenas de centrales francesas cerca de sus fronteras.