LOS españoles han jugado no sé cuantos miles de millones en la lotería. Hay personas admirables, tan racionales que reniegan de esta debilidad que invade a tantos, especialmente en Navidad. D. Manuel Alcántara contaba en una de sus columnas que estaba abonado a un décimo desde siempre y que nunca le había tocado. Se reía de su buena sombra. Diez por ciento (0,10) es, aproximadamente, la probabilidad de que le toque una diabetes y uno por cien mil (0,00001) es la probabilidad de que nos toque el gordo. Diez mil veces menos. Una probabilidad tan baja que parece imposible que nadie piense que le puede suceder a él. En cambio la mayoría no cree que le toque el accidente, la diabetes o la hipertensión (cuya probabilidad es de 0,40 si usted ha cumplido ya los cincuenta). Pero la gente no lo piensa, sólo no cree que le vaya a tocar. Un buen ejemplo de la distancia entre la creencia y el pensamiento. También creemos en Dios una cuestión mucho más improbable que la lotería de Navidad. Una cuestión de suerte, la fe.
Han sido agraciados con el premio dicen las radios para identificar a los afortunados. La gracia divina dicen los teólogos que es el fundamento de la fe. Tenemos fe como tenemos hambre. Es una necesidad que nos mantiene vivos. Manuel Vicent en alguna parte dejó escrito que la felicidad es un estado de gracia. Una suerte otra vez, que él con su particular armamentario gastronómico la identificaba con los boniatos, las lechugas y sobre todo con la salud. Levantarse cada mañana y comprobar que nada te duele. Así define Vicent la felicidad. Una suerte, sí. Un estado de gracia al fin. Woody Allen aborda esta cuestión en su última película. La pelota rozó la red y, tras un instante de incertidumbre cayó en campo propio y arruinó para siempre la carrera del jugador de tenis. Años más tarde, una escena parecida con la prueba de su crimen ante los muros de Támesis, le libraría de la condena que no de la culpa. No hay suerte sin culpa.
Nacemos como si saliéramos de un bombo de lotería, aunque sea esta una lotería genética y social. El resultado de una combinación azarosa y caótica de miles de posibilidades mucho menores que la de cualquier premio gordo. Mucho más improbable. Nos tocó contra toda lógica nacer con un código genético, sobre el que nadie nos preguntó aunque nos vaya a hipotecar toda la vida. Podía no haber ocurrido, pero ocurrió y aquí estamos ahora, recién llegados, enfrentándonos a la otra lotería, la social, la de haber nacido aquí y no allí, con estos padres y no con estos otros, con esta cultura, con esta religión, con estas creencias y no con aquellas. En esta sociedad, por ejemplo, que cree más en el azar que el empeño, en la suerte que el trabajo, en los sortilegios que la razón. O tal vez no, ya no, a lo mejor esto son cosas que se decían antes y ya no tienen ahora cabida. No, ya no, ahora sabemos que la vida es dura, pero que el empeño, el trabajo redime la culpa de la suerte.
También sabemos ¿o creemos?, que la lotería genética puede ser controlada por la ciencia o por la técnica y que la libertad, esa inmanencia de la genética, garantiza que el que quiera puede superar los agravios de la nacencia. ¿Contra la lotería genética¿, ¿contra la lotería social¿. He aquí el sueño de la modernidad ¿Frente al vía crucis, la libertad y el camino de rosas. Muera la suerte, arriba la libertad, gritan los resentidos que no han tenido suerte. ¿Qué lejos queda aquel pecado original por el que fuimos redimidos con la muerte en la cruz. O que cerca.
Nacemos con un código de barras en la frente que nos acompaña toda la vida, como a D. Manuel su número de abono que nunca le ha tocado. Jugamos todos los días, unos más y otros menos y todos creen que pueden forzar a las leyes del azar hasta que estas, obscenas y obstinadas, antes o después terminan imponiéndose. Así también con la salud y la enfermedad, esos dos atractores extraños unidos entre sí por relaciones de causalidad caótica, según una abstrusa definición del Dr. Pla en su Hipócrates y los Becarios. ¿Qué otra cosa podemos hacer sino apostar todos los días?, continuar comprando en el estanco de la esquina el décimo que nos permite mantener la esperanza de que mañana saldrá el sol y con él el regalo de la vida. Meter la mano en ese bombo en el que nada hay escrito, pero en el que están contempladas todas las posibilidades, incluida la tuya, esa que te va a tocar, aunque no sabes qué, pero que será seguro, ineludiblemente, antes o después, pues no es posible que nada ocurra como no es posible que no le toque a nadie el gordo de Navidad, aunque ese alguien no seas tu, pero podrías serlo y es aquí en este imposible donde radica la esperanza del jugador, que ha visto que ya ha ocurrido antes, que alguien se ha salvado, que alguien ha gritado mío, es mi número, y han brindado después con cava o con champaña. ¿Y después qué?.
Hay gente con suerte a los que las suertes llaman dos veces a su propia puerta, aunque lo más probable es que después ya sólo ocurran las desgracias. Por eso hay a quienes les da miedo la felicidad, olvidando que las leyes de la probabilidad son inhumanas y hay a quien sólo le tocan las desgracias, como hay a quien sólo le tocan las dichas y es aquí en esta desconcertante realidad dónde comienzan también todas las dudas y todos los miedos, miedo a ganar incluso, pues con cada éxito se van perdiendo también las esperanzas hasta que al final se han gastando todas las suertes y es en ese momento en el que ya no cabe más que asumir la vida tal como es, como una lotería, aunque en algunos momentos hayas pensado que no, que eras tú el que gobernaba la nave y es entonces cuando dejas de pensar y comienzas de nuevo a creer y en ese momento, te das cuenta de cómo se ha pasado el tiempo, entretenido con un décimo de lotería, y que ahora aunque quieras ya no puedes de nuevo ni intentarlo. Descubres con estupor que el estanco ya está cerrado, que ya es demasiado tarde, que sólo te queda la espera o la esperanza.