Juan Carlos Delgado (Madrid, 1969) fue el delincuente más precoz de la Transición. A los once años ya acumulaba 150 detenciones, decenas de robos a mano armada y dos intentos de homicidio. El sur de Madrid temblaba cuando veía volar un 1.430 sin conductor: era El Pera, que a duras penas llegaba a los pedales. Aquella épica del descampado acabó mal para otros héroes del extrarradio: El Vaquilla, El Torete Los coches y La Ciudad de los Muchachos, un centro para chavales conflictivos, salvaron al Pera. Campeón de automovilismo y periodista de motor, Delgado hoy da clases de conducción evasiva a la Guardia Civil y tutea al ministro de Interior. 'Volando voy' narra «el cambio espectacular de alguien que no tenía miedo a nada, ni siquiera a cambiar», según su director, Miguel Albaladejo.
La película, que se estrena este viernes, esquiva la complacencia, «ese afán de superación, que tanto me molesta en el cine americano», matiza el realizador. Delgado tendría que estar «en Detroit, probando nuevos modelos», pero defiende un guión escrito a cuatro manos. A veces, habla de sí mismo en tercera persona. «No es un blandengue, sigue siendo El Pera», advierte Albaladejo.
¿Cómo era Getafe en los 70?
Una ciudad dormitorio pequeña, mal diseñada arquitectónicamente. Con mucho emigrante. Una mezcla explosiva.
Se vivía en la calle.
Yo hacía lo que me apetecía desde los seis años. Entonces empezó la aventura de El Pera. Sólo tengo el graduado escolar, pero saber interpretar la calle te da mucha cultura.
De familia pobre pero honrada.
El colmo de la mala suerte. Mi padre era albañil y mi madre ama de casa. Cinco niñas y yo, un niño inquieto, aunque ahora soy más hiperactivo todavía. Estaba cinco o seis días sin aparecer por casa.
¿Sus padres han visto la película? Porque no salen muy bien parados
La palizas que salen son verdad, más me tenían que haber dado.
¿Qué le descarrió?
«Mi hijo no es malo», decía mi madre cuando iba a recogerme a la comisaría. «Que son las juntas, los amigos». De eso nada: yo era el peor, el cabecilla con más responsabilidades.
Tampoco es muy complaciente la visión de la Policía: un comisario corrupto, torturas
Hoy no pasaría, pero en aquella época eran unos cabrones. Ellos eran los malos y nosotros, los buenos. Entonces te caían hostias por abrir la boca. Ahora los menores saben que no les pueden tocar y se enfrentan a ellos: «Ten cuidado, que me pego un cabezazo contra la columna y te busco la ruina».
Sentimientos encontrados
Sea sincero, ¿hoy entra en un cuartelillo tranquilo?
Tengo sentimientos encontrados. Cuando me cabreo y veo injusticias me sale El Pera, cuando algún policía me para en carretera y quiere abusar del tricornio. Después pienso que soy amigo del ministro del Interior
Le sale el 'no sabe quién soy yo'
Suelo ser bastante prudente. No se puede abusar de esas armas. Eso es que no respetas a tus amigos.
¿Qué ha sido de sus colegas?
No queda ninguno. Los primeros espadas han ido falleciendo por tiros, persecuciones, ajustes de cuentas, sobredosis, sida A mí la droga no me llamaba la atención, aunque picoteé. Ellos me estarán viendo desde arriba y dirán: 'Mira El Pera a dónde ha llegado'. España era nuestra, cogíamos lo que queríamos.
Era un líder nato, el más pequeño y el que tenía más cabeza.
Cada día mío era como un mes de un niño normal. Quizá fue eso lo que me hizo ser el líder del grupo, tomar decisiones que se respetaban. Pude ser un cabrón, pero no un delincuente, porque un niño nunca lo es, lo dice la Justicia y el Defensor del Menor. Es muy fácil hacer titulares y ser peliculero.
La educación le salvó.
Cuando entré en La Ciudad de los Muchachos no sabía ni leer ni escribir. Sigo aprendiendo, me arrepiento de no haber aprendido más. Soy periodista, y hay otros que saben escribir muy bien, pero no prueban los coches como yo. Eso sí, si ellos tardan una hora en escribir un artículo, a mí me cuesta dos.
De chaval veía 'Perros callejeros' y aquellas película de quinquis. Y acaba protagonizando una.
Sí, pero los protagonistas eran ídolos con pies de barro. No es mi caso. Si 'Volando voy' tiene un mensaje es que, si encuentras apoyos, la vida te da otra oportunidad.
Sigue viviendo en La Ciudad de los Muchachos.
Es mi mundo, mi hogar. Llevamos 36 años funcionando. Hay 120 niños internos y 600 que vienen a diario a través de jueces y asistentes sociales. Son como era El Pera.