Lo hemos oído y dicho miles de veces cada año con la misma cantinela propia de una película de Disney llena de gran colorido y torrentes de alegría no nos cansamos de dar y recibir, con muy buena intención, los mejores propósitos para el año recién inaugurado, pero, por desgracia, da la impresión de ser algo efímero, ya que esa multitud de buenos deseos y compromisos con fantásticos proyectos personales y universales nos dura escasamente un par de semanas. Esa chispa electrizante propia de un conejito de Duracell de los primeros días de cada nuevo año que nos incita a querer atajar con dotes quijotescas todos y cada uno de los problemas de este mundo con medidas eficaces, inmediatas y rentables, pierde su fuerza, al igual que la Coca-Cola, con el paso de los días, por culpa de nuestra memoria de pez que hace olvidarnos poner en práctica en los meses siguientes los grandes proyectos para con este mundo, como, por ejemplo, recordar que los pobres no sólo comen en Navidad, o que los parados no van a recibir ayudas económicas eternamente, sino también que debemos hacer lo posible por brindarles la oportunidad de un trabajo digno, estable y bien remunerado. Está claro que un deseo sincero y unánime en el umbral del nuevo año siempre es bien recibido hasta por aquellos personajes amargados y mezquinos como Mr. Scroodge, quien consideraba, en la obra del genialDickens, que las Navidades eran «paparruchas», hasta que fue tocado por una especie de Pepito Grillo (conciencia) bajo la apariencia de tres fantasmas: el de las Navidades Pasadas, Presentes y Futuras.
Pero ¿qué es ese deseo que nos damos unos a otros en estos días? Da la impresión de ser un esperar sin fundamento, como el que espera que llueva o no llueva, pero no depende de él. Sin embargo, la felicidad sí depende de cada uno, es a la vez don y tarea. Tiene una fuente y hay que ir a beber de ella. Es un elixir y hay que tomarlo, aunque el primer sorbo pueda saber amargo. Aunque no tengamos la varita de Harry Potter, sí que tenemos ideas y manos para moldearlas y así tomen diversas formas reales de bien común, pero, por desgracia, y no pocas veces, se usan para sembrar bosques de ladrillos, y no de árboles que atraigan la lluvia. En fin, ¿hasta cuándo vamos a seguir así : violencia social, laboral, escolar y familiar, entre otras. Ojalá (Dios lo quiera) que el nuevo año que ha comenzado nos haga ser más valientes, justos, benévolos y magníficos a la hora de construir un mundo mejor para nosotros y las generaciones venideras, con sentido común y sin dejar de brindar -nunca jamás- una hermosa sonrisa de Monalisa que, sin ser una obra de arte es incalculable para quien la recibe.