LO cuenta con fervor. Hace casi un cuarto de siglo y todavía se le empaña la mirada. Una verbena de barriada, pesquera, en La Bajadilla de Marbella donde resulta imposible concentrar más buena gente por metro cuadrado. Distinción al más añejo, imposición de medalla -de la Virgen del Carmen, faltaría más-, mesas y sillas de tijera sólo para las autoridades e invitados y él, mi amigo, justo allí. Se le acercan unos chavales que le piden un autógrafo. De Carlos Cano. Mi amigo, que lo adora, perplejo ante la notoriedad, jura y blasfema que no es él, ni por asomo. Un aire sí, su pelo ensortijado, su envergadura, su nariz de pontón pueden confundir, pero que no, qué va. Tuvo que enseñar hasta el carné de identidad para convencerlos. Porque Carlos, que entonces cantaba a la blanca y verde (sin duda el auténtico himno de nuestra tierra) y al Salustiano, era gloria bendita. Otra historia. Mi amigo, insisto, aún se acuerda, orgulloso, de aquella escena, de aquél día en que le confundieron con Carlos. Máxime cuando en un recital en la plaza de toros cruzó miradas con el auténtico. La verdad, se parecían. Mi colega sigue vivo y a Carlos se lo llevaron a destiempo. Malamente. Pero el lento goteo de la existencia prima a los genuinos. Carlos, que naufragó por estas fechas, era uno de esos seres irrepetibles para encofrar en la memoria. No hubo rey mago con la magia de su son. Rezumaba bondad. Sumidos en el hollín, algo de luz. Ahora un disco homenajea su vida y su cante. A corazón abierto. A mi amigo, no le quedan lagrimones que enjugar.