 OTRA ÉPOCA. Laforgue se adentra en un Berlín en el que reina la disciplina y la grandiosidad. / SUR
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BERLÍN, VILLA Y CORTE. Autor: Jules Laforgue. Editorial: Pre-Textos. Nº de páginas: 177 páginas.
EL AUTOR: Jules Laforgue nació en Montevideo en 1860 y murió en París en 1887. Tras sus estudios en Tarbes y París, fue colaborador de varios periódicos y amigo de Gustave Kahn y de Paul Bourget, gracias a su recomendación obtuvo el cargo de lector de la emperatriz Augusta en Berlín, ciudad en la que residió desde 1881 hasta 1886. A lo largo de su breve vida sólo publicó dos volúmenes de versos: 'Les complaintes', y 'L'imitation de Notre-Dame a la Lune'. También escribió varios cuentos filosóficos en prosa y notables ensayos críticos sobre Baudelaire y Corbière. Además de 'El sollozo de la tierra', 'Moralidades legendarias', destaca entre su bibliografía este 'Berlín, villa y corte', en el que el propio Laforgue refleja su llegada en 1881 a la capital alemana, una urbe grandiosa y militar, con un exceso de disciplina y de imperio y muy poco de lujo burgués y de modernidad. |
A lo largo de su breve vida el autor sólo publicó dos libros de poemas, varios cuentos y unos excelentes ensayos sobre Baudelaire y Corbière. Había pensado reunir toda su poesía con el título 'El sollozo de la tierra'. Pese a la brevedad de su obra, ha tenido notable influencia en Apollinaire y T. S. Eliot.
'Berlín, villa y corte' es una mirada y un desencuentro. El poeta llega a la ciudad imperial, una ciudad organizada a la prusiana; poco gusto, mucho mando y muchos soldados. No hay que olvidar que, en ese momento, Alemania estaba en un momento dulce de su historia y su emperador fue proclamado en el mismo palacio de Versalles, con lo que la humillación a los franceses resultó total, ya llegaría la revancha; pero, por el contrario, la gran cultura del momento es Francia y todo lo que de ella procede. El poeta llega con su mundo de valores que tenía que chocar forzosamente con lo que ve, con 'el otro' que en este caso es la ciudad y sus símbolos; el divorcio estaba servido y el libro es la concreción textual de esta mirada.
La referencia clave del mundo berlinés es el anciano emperador en torno al que gira la corte y hasta el horario. Nada se parece a París; ni hay alegría en los colores de las casas, ni la gente llena los paseos, ni se viste bien, hasta la ropa del emperador parece algo usada. En este cuadro de grises destaca la emperatriz con sus trajes de colores chocantes para la severidad de la corte; la anciana paralítica es la única figura que es apreciada, a la que se valora, en parte por su admiración por lo francés.
En las tiendas de la ciudad es omnipresente el retrato del emperador, como sucede hoy en Marruecos con su rey, también es muy frecuente y sintomática la presencia del retrato de un bebé, biznieto del monarca, con un pequeño cañón a sus pies y un casco sobre una silla. 'Militaria' es el nombre que da el autor a esta ciudad castrense. Al mediodía se realiza el relevo de la guardia. Los soldados se detienen delante de la ventana de palacio por la que aparecerá el emperador, saludará y el público le aplaudirá. El poder verdadero lo ostenta un gigante que viste el ajustado traje de coralero, el canciller Bismarck, artífice del nuevo orden europeo. El personaje es desabrido, imponente; se pasea a caballo por los bosques y entra en palacio con una carpeta roja en la que se encierran los secretos de estado.
Berlín es la capital de unos nuevos ricos y las tiendas, los restaurantes, los servicios en general se van adaptando a su nueva posición de centralidad política y cultural. Laforgue nos enseña los lugares y las costumbres. El berlinés es un gran bebedor de cerveza y un gran fumador; se lo fuma todo. Una costumbre de Navidad era regalar puros que llegaban de todo el mundo a los comercios de la ciudad.
El libro es más que interesante, nos ofrece instantáneas de un mundo que no existe, nos plantea choques culturales que son intensos, nos narra situaciones que hoy parecen curiosas como la de anunciar en los programas de la Ópera y de la Comedia las piezas que han sido programadas por orden del emperador. Nos adentramos en costumbres como la de comer con el cuchillo y usar el tenedor solamente para el puré. Los comensales se tapan la boca con la mano en un movimiento bastante ridículo. Una observación curiosa es la de la suciedad de los camareros y la de los trajes de la gente que son deplorables en general. Laforgue, como corresponde, hace coincidir lo mejor con lo francés; ya se sabe que Francia no tiene problemas de identidad.