EL Estado autonómico es, formalmente, un proceso de descentralización del poder, y, en lo real, una redistribución de ese viejo poder central entre las nuevas castas políticas nacidas en la periferia del Estado que demandaban, y seguirán siempre demandando, parcelas del decimonónico poder centralista desde una plataforma formal de reivindicaciones históricas nacidas a la luz de una interpretación interesada y localista de la historia. Amén, Jesús.
Y a partir de esa redistribución del poder centralista nació la Andalucía autonómica con sus correspondientes órganos de poder; imprescindibles en la primera hora para comenzar a andar, como fueron los tres poderes clásicos: el legislativo, el ejecutivo y el judicial. Pero a medida que ese poder tripartito crecía y se desarrollaba iban naciendo, igualmente, nuevas instancias de poder. En Andalucía, por ejemplo, ya no nos falta 'de ná'.
Tenemos consejos consultivos, 'comités de sabios' nombrados por el Ejecutivo para el asesoramiento propio, la instancia del Defensor del Pueblo, organizaciones de consumidores, feministas, tribunales de la deontología profesional, etcétera. Y ahora, y es lo último, está en marcha un «museo de la autonomía andaluza».
Pero no sabemos aún de qué va. Esperemos que en sus salas y espacios aparezcamos todos, no sólo el procerío político constituido, una parte de él, por cierto, nada entusiasta del autogobierno andaluz en aquella época. Aparezcamos los del pueblo, desde el chatarrero al jornalero, pasando por el carpintero, el afilador y el cantamañanas, y que los próceres no caigan, como casi siempre, en el repique de campanas propio y excluyan a los verdaderos protagonistas del proceso: el pueblo andaluz en su conjunto. Se advierte con tiempo porque aquí nos conocemos todos.
Un museo, vale, para desempolvar los datos y las viejas fotografías de la época, las lágrimas de la madrugada del día después del 28 de Febrero de 1980 y las maquinaciones de unos 'listos' que pusieron piedras de molino en el proceso y ahora aparecen como garantes de la propia vida democrática. Seriedad, please, aunque sea por una vez.