«Por qué no llevo a mi hijo al colegio»

«Por qué no llevo a mi hijo al colegio»

Familias que optan por no escolarizar a su niños antes de los seis años explican los motivos de esta decisión que, según los expertos, puede pasarles factura

M. Ángeles González
M. ÁNGELES GONZÁLEZMálaga

Según la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía, la Educación Infantil “es la etapa en la que se sientan las bases para el desarrollo futuro de las niñas y los niños tanto en su dimensión personal como social. En ella se cimientan los valores que hacen posible la vida en sociedad, se inicia la adquisición de hábitos de convivencia democrática y de respeto mutuo y se trabaja con los niños y las niñas para que, en el futuro, participen responsablemente en la vida social y ciudadana”. Estén o no de acuerdo con esta premisa, la gran mayoría de las familias deciden escolarizar a sus hijos en el segundo ciclo de Infantil (de 3 a 6 años), a pesar de que no es obligatorio. En la provincia de Málaga, teniendo en cuenta el número de niños en esa franja de edad según los últimos datos del INE (51.047) y la cifra de alumnos escolarizados este curso en el segundo ciclo de Infantil (47.144, según datos de la Delegación de Educación), alrededor del 92% de los menores de esas edades van a la escuela. Pero hay quienes optan por no llevar a los niños al colegio en esos años, muchas veces ante la incomprensión de las personas de su entorno. Según expertos consultados, aunque permanecer en casa con sus padres puede tener sus ventajas, no escolarizarles hasta primero de Primaria les puede pasar factura.

José Ignacio Rivas, catedrático de Didáctica y Organización Escolar de la Universidad de Málaga, se refiere en general al movimiento 'homeschooling' y advierte de que educarse en casa supone “formarse solo desde una sola lente, la que ofrece la posición de la familia o el grupo de familias”. “Si la orientación que le damos al alumnado solo tiene una mirada y es una experiencia unilateral, estamos restringiendo su capacidad para entender y actuar en el mundo, al menos desde una posición solidaria, crítica y comprometida”, señala Rivas. “No podemos pensar la educación sólo en términos de contenidos, o de currículum, sino de experiencia social, cultural y política, y aquí es donde el modelo de las 'home school', a mi modo de ver, deja muchos huecos”, añade este experto. En cuanto al plano académico, afirma que “no tiene por qué afectar”, pero se muestra partidario de pensar en la educación “en términos más amplios”.

Por su parte, Loli Casquero, profesora del Área de Métodos de Investigación y Diagnóstico en Educación de la UMA, afirma que el hecho de que los padres quieran asumir la educación de sus hijos tiene ventajas e inconvenientes, “lo mismo que llevarlos al colegio y meterlos en el sistema lo antes posible”. En la parte positiva, “la familia se une más al estar los padres muy implicados en la educación del niño, se va al ritmo del pequeño y este se siente más reforzado al ser el centro de atención, mejorando su autoimagen, es decir, la visión que él mismo tiene de sus capacidades y competencias...”. En cuanto a las desventajas, esta especialista, que advierte de que no se puede generalizar, explica que en el colegio, “los niños se relacionan mucho antes con sus iguales”, por lo que cuando estos pequeños sin escolarizar en Infantil lleguen a Primaria “pueden sufrir un choque importante” en este aspecto. “Cuando una familia lleva a su hijo al parque y éste tiene un problema, acude a papá o mamá, que interviene para solucionarlo en lugar de dejarle que lo haga él solo, lo que le resta autonomía al niño y no le deja ver diferentes perspectivas”, señala Casquero, que explica que “en clase con sus iguales, el niño ve distintas posibilidades y puntos de vista; no es el centro de atención, como sí ocurre en casa”. Además, el hecho de que un niño no tenga normas, horarios ni límites, como puede ocurrir en las familias defensoras de una crianza respetuosa que se adaptan a las apetencias del pequeño, puede acabar convirtiéndole en un pequeño dictador, según la visión personal de esta experta, que defiende la implantación de rutinas, que proporcionan tranquilidad al niño, lo que hace que esté atento, tranquilo y alegre “porque sabe lo que va a ocurrir y se relaja”.

El hecho de no estar escolarizados también puede afectarles desde el punto de vista de desarrollar la empatía o aprender a compartir y tener paciencia.

Casquero advierte asimismo sobre la posibilidad de que las familias confundan educación con adoctrinamiento e “inculquen a los niños determinados valores que no son los que la sociedad está promoviendo en estos momentos”. Se refiere, por ejemplo, a familias que puedan tener un punto de vista muy religioso o personas machistas. “Está demostrado que todas las vivencias iniciales que tenemos nos van a marcar en la personalidad en el futuro”, señala. Esta experta añade que en determinados casos puede ocurrir que no haya una separación del aprendizaje y de la vida familiar en casa, “lo que puede generar un conflicto en el niño”.

Respecto al ámbito académico, si los padres tienen nivel y horario para que los niños lleven el mismo ritmo de clase, no tienen por qué sufrir ningún retraso respecto al resto cuando lleguen a Primaria. No obstante, aclara que, aunque el niño no tiene por qué saber leer y escribir al empezar Primaria, en los años previos “sí debe ir adquiriendo una serie de competencias y un desarrollo psicomotriz tanto grueso como fino que siente las bases para que el aprendizaje de la lectoescritura sea más rápido”. “Esto se puede hacer en casa, pero se necesita constancia y hay que tener unos conocimientos específicos”, advierte. Asimismo, pueden sentirse desplazados si sus conocimientos son diferentes a los del resto de compañeros o no están al día en cuando a los juegos, dibujos o vocabulario de moda. En cualquier caso, la especialista aclara que nunca se puede generalizar y que todo esto “no quiere decir que el niño no vaya a conseguir adaptarse”, algo en lo que confían plenamente tres familias malagueñas que han decidido no llevar por ahora a sus hijos al colegio y comparten sus argumentos con SUR.es.

Carolina L. A. «Soy maestra y conozco la escuela desde dentro»

Carolina L. A. acaba de ser mamá de un niño y tiene una niña de cuatro años. Afirma que nunca se había planteado no escolarizar a su hija, pero cuando se quedó embarazada “me empezó a agobiar la idea de tener que llevarla alguna vez al colegio; tuve la necesidad de buscar otras formas de entender la infancia, el respeto, la crianza y la educación... y acabé descubriendo por Internet la Pedagogía Blanca y me matriculé en esta formación cuando la niña era aún un bebé de seis meses”, explica esta malagueña, que es maestra de Infantil en un colegio público en un pequeño pueblo de la provincia y, por tanto, conoce el sistema “desde dentro” y tiene “una visión diferente al resto de familias”. “Cuando se acercó el momento de matricularla en la escuela, lo hablé mucho con mi marido y a él en un principio le pareció bien; ahora le surgen más dudas, y no tenemos claro si no irá al colegio hasta los seis años o finalmente la matricularemos antes”, apunta.

Para quedarse con la niña en casa se han ido organizando según las circunstancias. Cuando el padre, que se dedica a la construcción, ha estado en paro, se ocupaba él. Cuando trabajaba, contrataban a alguien de mucha confianza. Ahora, al estar ella de baja por maternidad, no tienen problema. “Después ya se verá...”.

Carolina está convencida de que su hija llegará a Primaria “con muchos recursos, muchas herramientas y muchas habilidades que está adquiriendo en estos años en casa con nosotros. Al ser una niña que ha pasado los primeros años de su infancia junto a su familia, tiene pocos miedos, mucha seguridad, una sana autoestima, la empatía muy desarrollada y muchas habilidades sociales”, explica esta madre de 38 años que aclara que por las tardes la niña va a clases de inglés y tiene previsto empezar hípica y muy posiblemente baile o danza.

Respecto a las relaciones sociales, también lo tiene claro: “No creo que socializarse sea encerrarse entre cuatro paredes con un montón de niños que saben de la sociedad lo mismo que yo. Creo que es ir con un adulto al mercado, a la farmacia, al banco, a un concierto o a ver un teatro, ayudar a tender la lavadora, a hacer de comer, hablar, dialogar y reflexionar”. “Relacionarse con otras personas de tu entorno no es, afortunadamente, patrimonio de la escuela”, afirma.

En su casa hay establecidas rutinas para la organización como el baño, la higiene, etc., pero no para pintar o jugar, “que se hace cuando se tiene ganas y no por obligación”, aunque esto puede cambiar en un futuro “si nos facilita nuestro bienestar en casa, no porque socialmente esté establecido así”.

“No creo que un niño con tres o cuatro años tenga necesidad alguna de ir al colegio, creo que es más bien una necesidad de la sociedad para que los padres puedan ir a trabajar”, dice esta maestra, que afirma que el sistema educativo “se ha quedado arcaico y obsoleto y no responde a las necesidades actuales de la población”. “La ratio en Infantil me parece una aberración, es imposible que un adulto pueda tratar con respeto a 25 niños. El sistema sigue basado en la repetición , memoria y seguir los patrones de los libros de texto y si te sales de ahí estás penalizado, la creatividad se trabaja poco y mal. En vez de potenciar las cosas buenas de los niños y su autoestima, siempre están fijándose en lo que hacen mal, los errores y equivocaciones y se trata como algo malo en lugar de una oportunidad para aprender”, argumenta, dejando claro que ella intenta que la escuela pública funcione mejor “de la forma que puedo”. “Veo cosas en la escuela que no me gustan y no llevo a mi niña, pero yo sé lo que hago dentro de mi clase y me gusta y soy feliz con mis niños e intento hacerlo lo mejor posible”, insiste.

Jimena Kahlo «Confío en las habilidades de mi hijo y en su proceso natural de aprendizaje»

Jimena Kahlo tiene un hijo de 4 años que no está escolarizado porque ella y su marido defienden una “crianza respetuosa”. Esto, según sus palabras, supone básicamente que “el niño lo decide todo”. Así, él determina cuándo deja de alimentarse con leche materna, de dormir con sus padres o de utilizar el pañal. “Se trata de respetar sus procesos fisiológicos y naturales y su libertad de movimiento; hay que cubrir las necesidades del niño, no de los adultos”, explica. A su entender, el colegio no es un espacio respetuoso como puede ser su casa.

Procedentes de Argentina, Jimena, de 32 años, y su marido, de 38, matricularon a Joaquín en un centro escolar cuando llegaron a Benalmádena-Costa y el niño tenía tres años. Lo primero que no les gustó es que no se puede elegir colegio, sino que depende del empadronamiento. Aún así, presentaron la solicitud y en la primera reunión de Infantil le explicaron que no había proceso de adaptación - “los padres no podíamos quedarnos con él ni el primer día”- y que los niños debían dejar el pañal antes de entrar. Eso ya les hizo tomar la decisión de no escolarizarlo. “Joaquín cumplía los tres años en septiembre y llevaba pañales, y yo no iba a forzar su retirada”, explica la madre. Del sistema educativo convencional tampoco le gusta, entre otros aspectos, que “se implementen premios y castigos” o que el niño no pueda correr, saltar o dibujar “cuando tenga ganas de hacerlo”. “Estar encerrado en un aula con cemento no es lo más ideal para un niño, ellos tienen que estar libres, rodeados de tierra, árboles y agua”, defiende Jimena, que se muestra más partidaria del sistema Montessori, “pero también tiene su lado conductista, además de que es de pago”.

Por sus profesiones -ella es doula y él es músico- pueden organizarse para quedarse con el niño en casa, aunque Jimena reconoce que han tenido que renunciar a trabajos. Pero la merma económica no supone un problema para estos padres, que critican la sociedad consumista de hoy día y defienden que su vida cotidiana “está supeditada a lo que mi hijo necesita y hacemos todo lo posible para adaptarnos”.

En cuanto al plano educativo, en casa no tienen una rutina establecida, nada de horarios. De hecho, afirman que no le enseñan nada, sino que le dejan material didáctico a su alcance para que él lo utilice cuando lo desee y aprenda por sí solo de una manera lúdica. “En vez de enseñarle, le acompañamos. El interés lo marca él. Con dos o tres años ya sabía contar del 1 al 15; aprendió con canciones, con imanes en la nevera o jugando a la rayuela”, explica Jimena, que asegura que no le preocupa que el niño pueda llegar a primero de Primaria con un nivel más bajo que el resto de compañeros que sí han estado escolarizados: “Confío plenamente en las habilidades de mi hijo y en su proceso natural de aprendizaje”, dice tajante. En cuanto a que pueda afectarle desde el punto de vista de la socialización, afirma que se reúnen con frecuencia con otros niños de todas las edades.

Ana L. «No creo que haya que sufrir para aprender»

Ana L. (nombre ficticio) tiene un niño de seis meses y una niña de tres años. Pensó en matricular a la pequeña en la guardería cuando ella tuvo que incorporarse al trabajo, pero no lo hizo. “Tenía que destetar a mi hija y en una visita vi cómo le gritaban a los niños, así que no presenté la solicitud”, explica. Esta trabajadora social y su marido, funcionario, pudieron compaginar los horarios para quedarse con la pequeña, tirando de los abuelos cuando hacía falta. Cuando llegó el momento de plantearse la escolarización en Infantil, el padre se pidió una excedencia para poder quedarse con la niña en casa, un permiso que ha renovado otro año más. Ana afirma que el hecho de que su hija no vaya al colegio por ahora es algo que han ido decidiendo “sobre la marcha, según lo hemos ido sintiendo”, aunque este curso han hecho un primer intento después de que la pequeña le pidiera ir al cole. Empezó a ir a clases pero la experiencia no fue satisfactoria. “Creo que el primer contacto de mi hija con la educación tiene que ser agradable”, defiende esta malagueña que considera que el sistema educativo actual es “duro y cuadriculado”. “Son cinco horas sentados de lunes a viernes, tienen que madrugar y estar sin sus padres y la adaptación no es real; debería ser más flexible y no tener que sufrir para aprender”, argumenta. Además, considera que hay una gran diferencia de edad entre los niños de una misma clase, ya que su hija nació el 31 de diciembre y compartiría aula con otros de enero, casi un año mayores. “Esa diferencia en esas etapas se nota”, señala.

En este caso los padres sí han establecido una rutina en casa y hay una serie de normas. “Por las mañanas no le dejamos usar la tablet, hace una ficha, juega con la plastilina o dibuja, siempre intentado estimularla, preparamos proyectos como los del colegio, por ejemplo sobre el cuerpo humano o el otoño, y una vez a la semana vamos a la biblioteca”, explica Ana, que dice que su hija se relaciona con otros niños en el parque, aunque reconoce que le preocupa que cuando llegue a Primaria ya se hayan establecido grupos de amigos en el colegio y le cueste adaptarse. A nivel académico, sin embargo, se muestra tranquila: “Voy a intentar que llegue a Primaria sabiendo leer y escribir, o al menos que esté cerca”.

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