'Win win'

Las victorias anónimas tienen su propia crónica: la voz de la conciencia de quien practica el juego limpio y la del reconocimiento genuino de quienes ven la jugada

ANA SANZ. JURISTA Y AUTORA TEATRAL

A todos, con excepción de algunos extravagantes y de un porcentaje muy pequeño de masoquistas que se cuelan en el particular bestiario que formamos los seres humanos, nos gusta ganar. Así, en general, con la mano bien cerquita de la caja de resonancia de nuestras emociones, en pose de escucha de un himno muy sentido, si nos hacemos la pregunta sobre nuestro deseo de subirnos al podio de la gloria, ¿quién dirá que prefiere perder?

Todo es terreno de juego abonado para el éxito; da igual el campo de la vida que nos planteemos; la cosa es salir de las situaciones, especialmente de las que son comprometidas, con el dulce regusto de la victoria en los labios. Y también nos sabe como la miel del triunfo, ese que no precisa de más esfuerzo que el de arrellanarnos la tarde de un sábado, o domingo, qué más da, en el cómodo sofá delante de una bandeja con la cenilla apetitosa mientras estrujamos el débil metal de la enésima lata de cerveza al gritar los goles marcados por los esforzados futbolistas de nuestro equipo del alma, que parecen haber interpretado obedientemente las indicaciones que les mandamos desde la comodidad de nuestro 'living room' para anotar ese tanto que se convierte en un gol un poquito conseguido por nosotros mismos. Tan es así que, en el córner de la pantalla donde se refleja el resultado contable del partido, es como si nuestro nombre pudiera leerse junto al del equipo triunfante. Cosas de la emoción del partido.

Ay, esos lunes de victoria a la hora del café, cuando toca hacer la crónica de la gesta dominguera de los astros futboleros. Ay, esa dulce gloria obtenida a manos, perdón -se nota que de futbol sé lo mismo que de críquet, balonmano o balonvolea, o sea, nada- ganada, decía, a resultas de las habilísimas cabriolas ejecutadas por los pies de los jugadores de nuestro equipo que, seguro que este año, por fin, va a ganar la Liga. 'Win win', se lee en el ambiente del bar. Hay triunfo para todos; aún todo es posible. Todavía queda mucha temporada en el horizonte.

El término 'win win' se acuñó en el mundo anglosajón para describir las circunstancias, alejadas del campo estrictamente deportivo, en las que, ante intereses y posturas en aparente contienda, el resultado buscado es el del premio compartido, es decir: 'todos ganan'. El gustirrinín de lo conseguido de este modo tiene una faceta que, sin mermar siquiera un rayito al resplandor del éxito, lo matiza, lo realza y hasta lo multiplica cuando en el mismo lance salen ganando todas las partes.

Que Messi no hay más que uno lo saben tanto los que le ven con ojos de rival en el césped como los que lo hacen desde el banquillo, desde el palco y las gradas del estadio o desde la silla del bar. Lo sabemos incluso los que ni siquiera conocemos los colores de su camiseta. Pero una cosa es ser un jugador del firmamento futbolístico y otra sudar diariamente la camiseta en el entrenamiento de las relaciones con la pareja, la familia, incluida la política, los compañeros de dominó o los comuneros de la urbanización donde vivimos. Ahí usted, querida lectora, y usted, querido lector, tienen en sus manos rematar jugadas brillantes y alzarse con la palma del triunfo, e incluso compartirlo. Y dicen los que saben que las alegrías compartidas tienen el efecto de multiplicar sus efectos. Cosas de las relaciones humanas.

Ya sabemos que el polvo de estrellas de nuestro juego de todos los días es de un brillo pequeñito; pero da lo mismo; lo importante, sentado que todos participamos en la liga de la vida, es tener la sensación de victoria cuando miramos con perspectiva la experiencia de los riesgos asumidos. Y no es preciso calzar las botas de primera figura del futbol ni salir en el periódico del lunes en foto de media página. Las victorias anónimas tienen su propia crónica: la voz de la conciencia de quien practica el juego limpio y la del reconocimiento genuino de quienes ven la jugada. Y, ¿qué mayor premio que el de esas pequeñas medallas que jalonan el palmarés de la mujer y del hombre corriente aunque sean hazañas que no abran los telediarios?

No somos Isco y lo sabemos, pero en nuestra parcela, esa que nos ponen las circunstancias vitales por delante, podemos repartir juego y disfrutar del trofeo e incluso saborearlo al alimón cuando la ganancia es compartida. El aire de la victoria no siempre se respira en la soledad del podio; después de todo, en las alturas el viento sopla demasiado fuerte y hay ganancias que bien pueden compararse con una tarta de dulce reparto; tú ganas, yo gano o, lo que es lo mismo: fin del encuentro; resultado: 'win win'.

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