Intruso del Norte

De vuelta al Chinitas

Chiquito es la mejor vacuna contra el invierno que nos llega

JESÚS NIETO JURADO

Chiquito de la Calzada se recupera, y uno que se alegra de que todo quedase en un doloroso susto. Su caída fue la caída de muchos que lo queremos; de miles de malagueños y de españoles que aprendieron que un país se podía vertebrar a partir de la risa. Qué necesario se hace a veces acordarse de aquel día en que Chiquito era 'marca España' a todas horas, la mejor 'marca España' en eso que los americanos llaman 'prime time'. Fue cuando nuestro preclaro paisano creó una suerte de lenguaje que fue el código de un tiempo y de un país. Chiquito vive con elegancia humilde, con humilde elegancia, con el recuerdo de los que ya no están. Quizá hace un esfuerzo por sonreír, pero se sabe que en su tertulia en el Chinitas hay un paraíso tranquilo de amigos. Desde esta columna, con menos insistencia de la que debiéramos, hemos pedido un homenaje de España, de su Málaga, a Chiquito de la Calzada. Lo primero por los méritos incuestionables de haber abierto un sendero personalísimo en el humor. Lo segundo, y ahí comprobamos la valía de Gregorio, por tener a Málaga como musa y fondo de todos sus chistes.

Chiquito es un hijo de Málaga y de esa forma de ser sana y alegre, hija del Mediterráneo, gran amante de ese arte que es vivir en las calles. Esas calles que rodean al Chinitas, que son un laberinto feliz donde siempre hemos creído cruzarnos con Chiquito. El de La Calzá nunca hubiera sido Chiquito de nacer en Mondoñedo, con mis respetos a la buena gente de Mondoñedo. En mi historia, colecciono no pocas anécdotas gamberras en las que el de La Calzada era protagonista: leíamos el misal y declamábamos un «fistro» y un «pecador» condenándonos al fuego eterno, a un pescozón y a quedarnos sin recreo.

Me he acordado de Chiquito desde el norte de España. Allí también dejó memoria de sus risas y de ese género literario donde convergen amables pícaros, niños orejones, lagos negros y lagos blancos. He bajado en el tren poniéndome casi en bucle a sus mejores éxitos; con la distancia del tiempo vuelvo a darme cuenta de que, junto a Chiquito, España vivió la última revolución para bien. Su jerga no era canónica con el castellano, pero fue un idioma de entendimiento en tiempos también duros. Leo la entrevista de F. Torres, la fotografía que le hizo Álvaro Cabrera, y sentí una bendita tranquilidad. Quizá la vida sea eso que discurre entre que te acuerdas de Chiquito y rememoras un chiste, al azar, uno suyo; y se te abre el pecho y la risa. Le pido a la casualidad o a los dioses clementes que me dejen volver a coincidir con Chiquito. Será la mejor terapia contra el frío que se avecina. La única cura a esta España que ha perdido la risa, la ternura y esa bondad que es consustancial al humor.

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