El vuelo del jinete

La rotonda

Antonio Ortín
ANTONIO ORTÍNMálaga

Hará alrededor de un año de la última vez que nos vimos. El mundo de la cultura empezaba a mirarle con otros ojos después de años exhibiendo un talento creativo inagotable. La publicación de 'Don Quijote en La Habana', edición tardía de un relato premiado quince años antes, ubicaba su nombre en un parnaso que siempre se le resistió. Y eso le hacía feliz; le delataba su sonrisa abierta. Pero, por esos esquinazos de la vida que te dejan sin palabras, la semana pasada supimos de la prematura muerte de Nacho Albert. Coincidimos Nacho y yo en aquella incipiente Facultad de Periodismo en Málaga a principios de los noventa; una generación que soñaba desde Martiricos con acabar ganándose el gazpacho como contadores de historias. No sólo compartimos el aula donde formatearon nuestro disquete adolescente con los fundamentos de la comunicación. Habitábamos un devocionario común, que iba de la lírica de profundidad abismal de Antonio Vega al 'Mr. Tambourine man' de Dylan. De la Credence Clearwater Revival a Goytisolo, de quien nos quedó pendiente una adaptación para piano de los versos descarnados a Gil de Biedma.

Luego la vida nos llevó por derroteros divergentes, por registros distintos. A mí, por la senda del periodismo, la de las historias aferradas al suelo de la actualidad. A él, por el cine, la literatura y el teatro. Porque lo cierto es que con Nacho Albert se va un creador inabarcable. De ese manantial que parecía no tener fondo salía una de las narrativas malagueñas de nuevo cuño más valoradas en los últimos años: 'Clara en el espejo y nueve instantáneas', 'La progresión del vacío', 'Calendario de amantes y sombras' o 'Cartografía del desamor y otros relatos'. En el cine volcó también su desbordante genio con cortometrajes como 'Leones', 'El mar apagado' pero, sobre todo, 'El jinete austero', la desternillante comedia negra que puso en manos de Juanma Lara y Salva Reina. Y en el teatro, su otra gran pasión, llegó a poner en escena la seriada 'Nightshoot' y a dirigir 'Monogamia'.

Ahora toca digerir su ausencia. Y no será fácil. No andamos precisamente sobrados de gente como él, capaces de abrirnos en canal al más puro estilo Ginsberg o Kerouac y, al mismo tiempo, estrangularnos la garganta de emoción como un Ángel González del rock. Aquella última vez que nos vimos hablamos de todo eso. Nos reímos cuando lo definí como un 'Lou Reed del Renacimiento'. Y conversamos sobre 'La memoria de las flores', la novela que tenía en ciernes. Y también sobre la idea de hacer algo juntos con estos versos de Antonio Vega: 'Tuve que correr/cuando la vida dijo: «ve»/ No hubo manera de pararme/ Correr que fue volar/ Beber de un solo trago todo el mar. /Y no sació mi sed el agua».

Cabalga ya, jinete austero. Vuela alto.

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