VOLVER A ESPERAR

Todavía quedan minutos para que alguien, concretamente Puigdemont, recobre la sensatez y la almohada le ayude a vislumbrar la catástrofe a que ha llevado a sus conciudadanos

DIEGO CARCEDO

Después de una jornada de verdadera esquizofrenia política, la primera conclusión que nos dejó ayer el enfrentamiento entre el Estado de derecho y el soberanismo catalán, encabezado por sus instituciones autonómicas -el Govern de la Generalitat y el Parlament- es que hay que volver a esperar. Llevamos muchos días sometidos a las tretas de los líderes del independentismo para sembrar incertidumbre, ganar tiempo e intoxicar a una opinión pública sumida en el maremagnun de promesas falsas y declaraciones contradictorias que se ha generado y todavía hay que tomarse un respiro y esperar.

¿Volver a esperar? Bueno, mientras haya vida hay esperanza y, sobre el papel, todavía quedan minutos para que alguien, concretamente el president Carles Puigdemont, recobre la sensatez, la almohada le ayude a vislumbrar la catástrofe a que ha llevado a sus conciudadanos y adopte una ya difícil decisión susceptible de que los partidos constitucionalistas, que esta mañana volverán a reunirse en el Senado, encuentren argumentos, que no podrían ser otros que el pleno restablecimiento de la legalidad y garantías de la renuncia a continuar con el llamado procés, para rectificar .

No es probable que esto ocurra. Puigdemont, que a lo largo de estos meses ha dado sobradas muestras de su inmadurez política, está aprisionado entre su pasado reciente, del cual es probable que acabe teniendo que rendir cuentas ante la Justicia, y la presión de sus compañeros de aventura, que le pasarían factura por traicionarles después de haberles hecho soñar que la independencia que quieren era un camino de rosas que les llevaría a la felicidad y la gloria. Fue incapaz de valorar paso a paso las posibilidades y las dificultades de conseguirlo y ha fracasado.

Hoy, si no se produce un milagro, el Senado activará el artículo 155 de la Constitución y el Gobierno intervendrá la autonomía para salvarla del naufragio, mantener la democracia y alejar a la sociedad catalana del precipicio al que en estos momentos se asoma sus libertades, su convivencia, su economía y el bienestar de sus habitantes. No va a serle fácil al Gobierno su aplicación ni tampoco hacer comprender a algunos obcecados que es, más que lo mejor, lo imprescindible que cabe hacer. Puigdemont y sus socios se envalentonaron días atrás viéndose en las portadas de muchos periódicos extranjeros.

Pero las mentiras en que venían sustentando sus exigencias y delirios han empezado a venirse abajo. La pretendida independencia es una utopía que no garantiza nada de lo prometido y amenaza con todo lo advertido. El president ignoró que intentar cualquier empresa violando las leyes es condenarla al fracaso y, en el caso del soberanismo catalán, el fracaso lo está sufriendo en sus propias imágenes. Muchas veces se ha dicho que lo peor que cabe hacer cuando se está en la vida pública es el ridículo y Puigdemont en ese campo si lo está consiguiendo.

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