Por ahora

Vivir

Como reza un poema de Shakespeare: «... y es que te quiero tanto que hasta tu olvido prefiriera a saber que te amarga mi memoria»

JOAQUÍN L. RAMÍREZ

Ajenos a la verdad, somos incapaces de entender cómo cada día es un día menos que descontar de un boleto vital de cuantía inconcreta y, en todo caso, sujeta a un sinfín de circunstancias desconocidas. Vivir nos es propio y aparenta ser nuestro, pero también el aire que respiramos finge estar ahí para siempre, tanto como el agua que bebemos o el alimento que nos damos.

A llegar, aún nuevos, creemos que somos porque vivimos. Así, cuando -ya más conscientes de qué y en dónde- el tiempo nos va pasando, ya tememos por la vida, la nuestra y la de aquellos que queremos. Mas vivir exige de nosotros dar por hecha la vida para llenar nuestros días con ilusiones, esfuerzos, errores y cosas, muchas cosas, como si todo durase siempre. Aún el conocimiento y la sabiduría, disponemos del futuro como del presente o así lo creemos, quizá porque para esto del vivir 'el siempre' es esencial y, aunque sepamos, nos tomamos la licencia hasta olvidar que lo es. Torpes, impresionables, sensibles, engañados, desgastables y desgastados, el día siguiente lo tenemos por conquistado. Pues hoy y mañana están en la cabeza, aun sabiendo que no en nuestra mano.

Como en una carrera de relevos, el mundo sigue y sigue, pero cambian los relevistas aún sin nuestro interés. Hasta que el cambio es el nuestro, el de los más nuestros. En esos instantes cae sobre nosotros la lluvia que sabemos, la que nunca quisimos mirar pero es imposible apartar.

Modelados por todo y todos, de la infancia a la vida madura, estamos acompañados de familia y certezas, de pilares a los que siempre asidos, apuntalan nuestro camino soslayando errores e impidiendo o atenuando los traspiés. Vacilantes, inexpertos, ignorantes y dubitativos, algo cierto: de la mano del amor que recibimos y vivos. Si se acaba lo uno o se termina lo otro, nada material somos y lo demás está por ver.

Vivir es beber agua fría y en su brillo y transparencia ver reflejados los rostros de quienes queremos y nos dan sentido, unos nos dieron ser y otros vida. Vivir es creer que se vive siempre -y siempre se vive-, que el inconveniente se puede vencer y que el triunfo llega o llegará, que cada listón llama a un listón que pondremos encima y otro y otro, 'in saecula saeculorum'. Vivir es para siempre vivir y toda idea contraria, aunque quiera basarse en la ciencia, la lógica o la filosofía, se opone a nuestra naturaleza, a nuestro instinto, a lo que es ser y a ese ser que nos dice que no es posible definitivamente dormir y dejar de ser. Creerlo nos lo hace saber nuestra consciencia, incluso sin explicación o fe religiosa y negarlo es un ejercicio complejo que requiere imponer artificialmente elaboradas reflexiones por encima de nuestras más primigenias sensaciones.

Cuando a la mañana dispones del mundo que te han dado, con sus gentes y sus cosas, afrontas la jornada sabiendo que todo está ahí, para ir, venir y ver. Al andar decides la dirección que tomar, sabedor de todos lo que ves y también de la permanencia de los que no puedes ver. Son las certezas de tu vida lo que te permite trasegar y hacer, con la laboriosidad del pasar del tiempo, acertando o errando.

Y cuando la vida pasa, cuando el tiempo te atraviesa, todavía hay qué hacer y hay mañana, porque no puede verse el fin, ni se quiere ni se entiende... Ni parece haberlo, no lo hay. Y es que más allá del fin no puede haber un final, pues tendríamos que desaparecer y eso sólo ocurre al escabullir nuestra presencia, sabiéndolo, pues la consciencia nos dice estar ahí. Vivir está en el centro y nada nos conduce a pensar en ello mientras vivimos lo que acontece, que es lo que nos ocupa a nosotros y a nuestros pensamientos.

Pero, si la vida pasa y los que queremos se van, no están, o no podemos verlos, algo muere en nosotros, pues morimos en parte. Y no podemos conformarnos, les quisimos para siempre y no vamos a soltar sus manos. Tampoco si nosotros nos vamos. Como reza el poema de Shakespeare: «... y es que te quiero tanto que hasta tu olvido prefiriera a saber que te amarga mi memoria».

Para Ana Rosa.

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