EE UU, ¿quién te ha visto?

DIEGO CARCEDO

Después de vivir seis años en los Estados Unidos reconozco que me resulta imposible entender el cambio que ha experimentado la sociedad norteamericana con sus políticos. Aún estaba relativamente reciente la bochornosa caída del presidente Richard Nixon por mentiroso y asistí a la fulminante destitución del secretario de Transportes de Reagan por algún tejemaneje sospechoso de cuyos detalles no me acuerdo. Eran sin duda otros tiempos en la complicada relación entre los políticos y los ciudadanos.

Entonces escuché y leí muchas veces algo que los norteamericanos tenían muy claro: los políticos tenían el poder pero con dos limitaciones, mentir y lucrarse. Venía a decir aquella teoría que esas eran dos tentaciones que se las reservaban para sí los votantes. No se puede decir que el modelo social esté libre de delito, corrupción y picaresca de todos los calibres. Pero había algo más, no escrito y menos explícito. Tampoco encajaban con la actividad política los asuntos de faldas.

Una de mis primeras crónicas recién llegado fue el abandono de su prometedora carrera de Gary Hart, el ya senador por Colorado que se había revelado como favorito en las primarias demócratas de New Hampshire. La gloria le duró pocos días, los que tardó un vespertino sensacionalista y conservador en publicar unas fotografías suyas dándose un garbeo por el Caribe en el yate de un amigo acompañado por una rubia desconocida pero de aspecto despampanante.

Tardó menos de lo que lleva contarlo en aparecer directo ante las cámaras acompañado por su esposa para dar él una explicación y pedir disculpas, y ella a oficializar el perdón a su marido por el desliz conyugal, pero todo resultó inútil: el puritanismo siguió ensañándose con su debilidad, impuso la tesis de que no podía ser buen presidente quien violaba sus compromisos familiares, y Hart tuvo que renunciar a sus aspiraciones y enseguida a retirarse de la política. Eran otros tiempos, ya digo.

No hace falta recordar entre tanto, el escándalo que promovió y el riesgo de tener que abandonar la Casa Blanca que asumió Bill Clinton por su famosa aventura en el propio Despacho Oval con la becaria Mónica Levinski. Los ecos todavía resuenan en toda la Unión. Pero no han transcurrido tantos años y EE UU tienen a un Presidente que encadena las mentiras, se mofa de la credibilidad ajena, se ha enriquecido y se enriquece con las peores artes y atenta contra el Sexto Mandamiento sin pudor.

Pero con las groserías de Trump no ocurre nada. La historia de sus relaciones con la actriz porno Satormy Daniels, los pagos reconocidos y negados sin despeinarse por su silencio, son una muestra explícita de un comportamiento moral al que el grueso de la gente lejos de escandalizarse, como solía, no le presta la menor importancia. Trump, que para empezar llegó al poder con marrullerías y sin mayoría de respaldos, tiene bula para todo y arrasa con la moral pública. Es el éxito de su prepotencia.

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