El virus de la disgregación

DIEGO CARCEDO

El virus del secesionismo es pertinaz, se extiende a intervalos por todo el mundo de manera aleatoria y se oculta bajo diferentes tapaderas. Algunas veces desaparece, como ha ocurrido en Canarias, Sicilia o las islas Azores, a veces se larva, como está ocurriendo en Córcega o Normandía, y a veces resiste su conflictividad, como ocurre en el Ulster, con los kurdos en Turquía o en el este de Ucrania. Sus orígenes son ancestrales algunos y contemporáneos otros. El principal caldo de cultivo es el nacionalismo de miras cortas y ambiciones largas, que en la mayor parte de los casos es portador de ideas de extrema derecha, cobija ambiciones políticas y maneja a través de la mentira y la demagogia los sentimientos más primitivos y elementales de muchas personas que carecen de inquietudes políticas y se dejan influir con facilidad.

Otras veces los independentismos son artificiales y responden a intereses políticos o económicos coyunturales, y en bastantes casos son la consecuencia de interferencias foráneas también impulsadas por intereses diplomáticos. Nadie discute ya que la desintegración de la antigua Yugoslavia y la división de Checoslovaquia respondió a los estímulos alemanes para la división de Europa Central en múltiples Estados que resultarían más fáciles de manejar.

El caso de Kosovo fue en buena medida propiciado por los EE UU con el ánimo de asegurarse allí una base importante para el control del Oriente Próximo y luego dejó el desaguisado para que sea Europa quien lo afronte. La Rusia de Putin ha enfrentado sin contemplaciones el secesionismo de Chechenia pero mientras tanto lo ha propiciado con en Georgia, Moldavia y, en estos momentos, Ucrania. Fruto de su intromisión en soberanías ajenas son las repúblicas fantasmas, que casi nadie reconoce, de Abjasia, Osetia del Sur, Transnistria y la llamada Malorrosía integrada por los territorios en guerra de Donetsk y Lugansk en el este de Ucrania. Mientras la inmensa mayor parte de los europeos confían su futuro a la integración, entre los Veintiocho -incluyendo todavía al Reino Unido-, se han contabilizado recientemente hasta 57 partidos, organizaciones o movimientos independentistas. Prácticamente ningún país está libre. Los más implantados estén en España (en las regiones vasca, catalana y gallega), en el Reino Unido (Irlanda del Norte y Escocia), Bélgica (flamencos), Francia (corsos, normandos vascos y catalanes) e Italia, en la Padania.

Pero existen otros, derivados del trazado de fronteras realizado en 1919 en Versalles como son los resistentes húngaros a su adscripción a Eslovaquia o Rumanía o algunos tan insospechados y más bien pueblerinos como el que Maastricht, la ciudad holandesa que perpetuó su nombre gracias al Tratado que años atrás consolidó el proyecto europeo. El caso más extremo en la Europa comunitaria es la división de Chipre con el norte convertido en otro Estado ficticio mantenido por Turquía y separado del resto por un muro de sacos de tierra.

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