Golpe de dados

La virtud mata

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

En la sala de la Alianza Francesa, sita en calle Beatas, puede verse la última apuesta del artista Chema Cobo (Tarifa, 1952) sobre un tema que le obsesiona desde hace unas cuantas décadas: la Revolución Francesa. Cobo se inscribe en los mitómanos de aquel acontecimiento que estremeció al mundo, en una primera etapa moderado y constitucionalista, y en otra etapa, hasta tal punto radical, que su práctica política de aniquilación tiñó de sangre las aguas ocres del Sena (1791-1794); esa fue la delirante actuación del Comité de Salud Pública finalmente desplazado por el Directorio, puente preparatorio para la llegada del pequeño gran corso Bonaparte (1799-1815): general exitoso, cónsul y por fin emperador de Europa. De nuevo el Orden.

Quizá por ese motivo un rojo límpido contrasta con los amarillos, naranjas y azules de las acuarelas del prestigioso creador gaditano que exhibe un sueño violento de máscaras donde en nombre de la libertad se cometieron los crímenes más horribles, al decir de Madame Roland. No en vano la violencia extrema (huida de Varennes, masacres de septiembre del 92, ajusticiamientos masivos, mascarada del Campo de Marte, derrota de la Gironda, fin de los jacobinos) de alguna manera están aquí representados con sarcasmo pictórico y literario; un claro ejemplo son las ambiguas frases, o aforismos, que apuntalan un despliegue iconológico que pone atención en personajes emblemáticos como María Antonieta, la reina desalmada -magnífico el ensayo de Chantal Thomas-, protagonista de los panfletos -pagados por la misma corte: Provenza y Artois- que la convierten en una pervertida capaz de seducir a su hijo o la lesbiana que mantiene al clan de la Polignac, o la puta que se lía con el aristócrata sueco Axel de Fersen, o la llamada Madame Veto o Madame Déficit, ávida gallinácea enloquecida por los diamantes del collar más caro del mundo, cuyo escándalo la llevó, por este orden, al Temple y luego a la guillotina; además, Cobo se adentra en la voraz sexualidad de una reina que en realidad fue una mujer frustrada, traicionada, con un marido timorato que tardará años en consumar el matrimonio. Una especie de salto de cama -nunca mejor dicho- con un agujero en sálvese la parte, confiere a la exposición un aire de tragedia festiva.

Por ese boquete accedieron todos los actores, activos y pasivos, de un mundo que se desmoronaba para dar paso a otro que doscientos veinte años más tarde es heredero ilegítimo de aquel. La exposición de Chema Cobo no es sino una denuncia a que aquellos cacareados principios sagrados que inspiraron a la Revolución, esto es: libertad, igualdad y fraternidad, no se han cumplido, ni se cumplirán dado el rumbo que están tomando las democracias occidentales. No olvidemos que el pintor ha titulado este antihomenaje como 'La vertu tue' ('La virtud mata'); en realidad, esto es lo que hicieron, y así cayeron, sus protagonistas principales, los utópicos Robespierre, Marat, Hébert, Danton, Saint-Just..., víctimas de sí mismos e inclementes verdugos de más de veinte mil personas a las que se les cercenó la testa sin procesos ecuánimes.

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