Violencias de rostro virtuoso

Relaciones humanas

JOSÉ MARÍA ROMERA

Además de dolor, espanto e ira, la matanza del ‘17-A’ nos ha traído desconcierto. Nadie se explica el motivo por el que unos jóvenes socialmente integrados fueron caces de cometer una atrocidad semejante. Acostumbrados como estamos a interpretar la violencia extrema como un acto de pura maldad, una anomalía propia de perturbados o una expresión de rechazo a cargo de gente inadaptada que se siente excluida o marginada por el medio, no entendemos que los perfiles de la mayoría de sus autores no solo se alejen de este patrón sino que parezcan extraídos del promedio de individuos considerados ‘normales’, los que viven en armonía con su ambiente, satisfechos en apariencia con su vida y sus circunstancias. Necesitamos que el terrorista reúna las características del villano para alejarnos de él con la máxima distancia moral posible. Hay que delimitar con insalvable precisión el territorio del mal y el del bien y sobre todo a sus respectivos residentes.

Tranquiliza saber que en estos casos tan atroces nada hay más fácil que situarse en el bando de los nuestros, es decir, el del bien. Hay una coherencia no solo moral sino también emocional que nos agrupa con inequívoca claridad junto a las víctimas. Pero el ansia de dar con algún automatismo similar que opere a la hora de identificar a los verdugos y sus razones lleva a creer a veces, un tanto ingenuamente, que estos actúan a la orden de un impulso destructor, corrosivo y maligno solo explicable desde la perspectiva diabólica: causan el mal porque llevan impresa la marca del Mal en sus personas, porque buscan hacer daño para dar salida al desorden que rige sus existencias. De este modo se obtiene una reconfortante simetría entre ellos y nosotros con efectos de reparación postraumática: no hemos evitado la barbarie, pero al menos la hemos digerido poniendo a cada cual en su lugar.

Y sin embargo no han resultado ser como los imaginábamos. Quizá a esa evidencia se deba la concentración de rencor volcada sobre la figura del imam de Ripoll, este sí caracterizado con los rasgos más puros del malhechor. Un comprobado fanático, con un historial delictivo y una trayectoria de manual hacia la radicalización, que sometió a sus seguidores a un acelerado pero efectivo lavado de cerebro para conducirlos a ejecutar una monstruosidad que quizá ellos nunca habrían cometido por propia iniciativa. Ya que no nos ha funcionado la hipótesis de la inadaptación, probemos con la de la manipulación. Si actuaron así porque alguien más listo y con peores intenciones les sorbió el seso.

Efectos exculpatorios aparte, la explicación nos sitúa frente a un delicado problema cada vez más abordado por los especialistas en la conducta. ¿Y si los comportamientos deliberadamente dañinos no se debieran siempre al deseo de causar el mal sino, por el contrario, al convencimiento de estar haciendo lo correcto? De haber sido así en este caso, la supuesta ‘radicalización’ de los yihadistas no se interpretaría como un salto brusco en su línea vital para pasar del bien (o la normalidad, al menos) al mal, sino como una continuidad en el bien. Es lo que se ha dado en llamar «violencia virtuosa». No por el hecho de que consideremos inmorales los actos violentos sus autores van a reconocerse como seres malignos. Para muchos de ellos –más en unas formas de violencia que en otras– matar, herir o lastimar a otros está justificado dado que de esa manera se atiende a un noble fin de orden superior. «A excepción de algunos psicópatas, casi nadie daña a otro con la intención de ser malo. Por el contrario, tiene la intención de hacer algo justo y bueno», aseguran Alan Page Fiske y Tage Shakti Rai, autores de uno de los más competentes tratados sobre el tema. El imán habría acogido bajo su tutela a unos buenos chicos explotando su potencial de bondad y aleccionándolos para hacer un bien de orden superior, vayamos a saber cuál. ¿Cabe mayor congruencia? Si a eso se le añade el convencimiento de obtener una sustanciosa retribución en la otra vida, miel sobre hojuelas.

El tabú de la islamofobia tiende a alejar nuestros análisis de esta clase de consideraciones, que necesariamente abocan al sustrato religioso de la violencia islamista (un hecho, por otra parte, nada novedoso si se observa la historia criminal de gran parte de los credos), con lo que nos aleja de la anhelada aunque poco probable solución del problema. Evidentemente, la apelación a la violencia virtuosa no legitima en modo alguno la barbarie ni suaviza el reproche moral que esta merece. Pero sí lleva a la conclusión de que todo intento de acabar con la violencia debe partir de la desvinculación de esta con cualquier asomo de moralidad. Solo viendo la violencia como inmoral en sí misma es posible desmontar las doctrinas y las ideologías que la admiten –o la estimulan– como un medio para alcanzar el Bien. Aunque los imanes sostengan lo contrario.

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