Cosas viejas

JOSÉ MANUEL BERMUDO

Hay países que han ido creciendo a lo largo de los siglos utilizando los vestigios que dejaban los diferentes pueblos que lo poblaron. En realidad ocurre en todos, pero en algunos más que otros por la intensa y variada presencia de culturas que se han ido acumulando a lo largo de miles de años. El nuestro es uno de esos en los que podemos remontarnos a los primeros tiempos de la humanidad y encontrar restos que demuestran la sucesión de pueblos que ocuparon estas tierras o pasaron por ellas.

Nuestro patrimonio histórico es rico y abundante y representa prácticamente a todos los periodos de la historia de la humanidad, aunque siempre quedan huecos por cubrir en el tiempo y en las formas de vivir. Podríamos preguntarnos hasta qué punto hemos ido perdiendo gran parte de nuestro pasado por actuaciones inútiles, irresponsables o, simplemente, ignorantes. Y es evidente que no podemos imaginar hasta dónde llegaría la evidencia física de otros tiempos. Porque está claro que la destrucción de patrimonio está relacionada principalmente por la actividad humana, ya sea de forma directa o indirecta. El paso del tiempo y las acciones de la naturaleza solamente contribuyen en una mínima parte.

Hay historiadores, arqueólogos, antropólogos y profesionales de otros campos que sienten una enorme satisfacción cada vez que se abre una puerta del pasado ofreciendo material que constituyen libros abiertos para los estudiosos, que en muchos casos dedican su tiempo a desmenuzar información sin que su labor sea reconocida, o al menos remunerada suficientemente. Después veremos los resultados en museos y exposiciones sin firma del autor de los trabajos, o con una mínima referencia después de tantos años de esfuerzos. Ellos son el frente contrario a todos aquellos (lamentablemente muchos) que solamente ven cosas viejas en cualquier vestigio de otros tiempos y que, llegando a veces más allá, creen que no merecen ninguna atención e, incluso, hasta que estorban.

La destrucción intencionada del patrimonio es muy fácil. Y no hay que remontarse a hechos como los de los últimos años en algunos países de oriente, donde el fanatismo ha dinamitado obras de arte con miles de años de antigüedad. En nuestro entorno ha ocurrido con demasiada frecuencia, como el caso de la medusa de la Villa Romana de Río Verde, y algunos más que se hicieron tapando cualquier acción que delatara a sus autores, en muchos casos por pura especulación de los terrenos.

También es cierto que las decisiones y actuaciones oficiales, con sus diferentes organismos supuestamente responsables, no han ayudado mucho a conservar lo existente. Nos liamos con trámites burocráticos y perdemos un yacimiento fenicio, como ocurrió en Río Real. O mientras alguien cataloga la importancia de las ferrerías de El Ángel, pasan unas excavadoras como el rayo y se cargan los restos de la actividad industrial pionera en España.

En el Ayuntamiento de Marbella parece que se han propuesto montar un museo arqueológico, aunque sea pequeñito, para reunir los restos que se han encontrado en el municipio a lo largo de los años, aunque ya no esté el valioso collar neolítico que un día se perdió y que alguien tendrá para su disfrute particular. Estaría bien dar este paso y explicar con detalle todo lo que se sabe de nuestro pasado, que no es otra cosa que nuestra memoria colectiva. Hay ya varias cajas con el material superviviente con su correspondiente catalogación. Ahora hay que buscar el sitio y aplicar la política correspondiente para conservar todo lo que se tiene.

Eso sí, hay que apartar de este y otros materiales a quienes piensan que son cosas viejas que ocupan sitio, porque no sería la primera vez que se prescindiera de ellos. Solamente por poner un ejemplo: cuando llegó a la alcaldía Jesús Gil se encontró en su primera visita al ayuntamiento con unas vitrinas que exponían vasijas, puntas de flechas o joyas de hace varios miles de años, catalogadas tras un trabajo riguroso. Al verlas afirmó con desdén que qué hacía allí aquella basura. Algunos seguidores impenitentes que lo traducían todo al pie de la letra no tardaron mucho tiempo en depositar en los contenedores más cercanos todo el material prehistórico, sin darse cuenta, supongo, de que eran parte de su cultura. Por lo de prehistórico, digo.

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