La vieja casa

La vieja casa
Sr. García .
Cruce de Vías

No lo pensé dos veces, al anochecer del pasado domingo salté la verja, comprobé que había agua y me puse a regar

JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA y SR. GARCÍA .Ilustración

Cuando salgo a dar una vuelta, paso por delante de una vieja casa deshabitada con un frondoso jardín que se encuentra cerca del lugar donde vivo. La quietud y el misterio crean un espacio mágico y extraño. Me gusta detenerme tras la cancela a contemplar el cambio de estaciones. Esta primavera he visto brotar y florecer las plantas. Sin embargo, hace un par de semanas descubrí que el calor estaba secando el jardín. Pocos días después, el viento de terral causó estragos. No lo pensé dos veces, al anochecer del pasado domingo salté la verja, comprobé que había agua, desenrollé la manguera y me puse a regar. Fue como si estuviera haciendo una transfusión de sangre y devolviera la vida.

Me levanto por la mañana temprano y paso el día tranquilo. Si alguien me espiase pensaría que estoy de vacaciones. Un vecino que nunca hace nada salvo cuidar las macetas de la terraza, mirar el horizonte y, al caer la tarde, sobre todo si el calor ha sido riguroso, se dirige caminando a la otra casa para regar el jardín. He dicho adrede ‘la otra casa’ porque siento que me estoy adueñando de ella sin querer. Lo más curioso es que el sentimiento de posesión es mutuo. Creo haber encontrado la casa de mi vida.

El pasado jueves busqué todas las llaves inútiles que tengo repartidas por los cajones. Mi propósito era intentar abrir las puertas cerradas de la vieja casa. Salté de nuevo la verja y dejé la cancela de la entrada asegurada con el candado y varias vueltas de cadena para no despertar sospechas. El primer día descubrí que la casa tenía una puerta principal y otra trasera que probablemente comunicara con la cocina. Elegí esta puerta porque estaba más protegido de cualquier posible curioso. Enseguida encontré la llave perfecta. Al cruzar el umbral tuve la sensación de estar ocupando, por sorpresa, un paraíso abandonado. Un territorio compuesto de cuatro habitaciones, cocina, baño y salón con chimenea. Unos cuantos muebles antiguos sin ninguna foto, sin libro, sin un solo objeto decorativo, sin utensilios de cocina. Como si nadie hubiera habitado la casa en muchos años. Un lugar apartado, silencioso, fantasmal. Alrededor, el jardín se recuperaba del abandono y mostraba su gratitud.

Ayer comencé a trasladar algunas cosas imprescindibles a la vieja casa y dormí en ella por primera vez. Tuve un sueño feliz. Me desperté al amanecer y lo primero que hice fue salir al jardín. Desayuné en el porche oyendo el canto de los pájaros que probablemente anunciaban la llegada de un inquilino. La cancela seguía cerrada, con el candado y la cadena envolviendo mi intimidad.

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