Videochat

FRANCISCO APAOLAZA

La conocí el otro día en uno de esos centros de interpretación del agotamiento que son los vagones del tren de vuelta a casa. Lo primero que vi de ella fueron sus pies entre la colección de pies agotados de la línea uno. Vestía unas botitas de polipiel, un jean elástico, una bufanda de rayas de mil colores a la que ya le habían salido bolas y un plumífero azul con el bolsillo derecho descosido. Sobre las rodillas guardaba un bolso ajado de piel sintética. La chica era un adelanto de la cuesta de enero, salvo los ojos vivos, alegres y cálidos, que miraban la pantalla del móvil con la ternura del que mira un recién nacido: fija, dulcemente y en silencio. En el rectángulo de luz que tenía entre las manos, un hombre. Hablaban por videochat.

Al otro lado de la pantalla, él también le sonreía a ella. Ahora, el hombre mostraba una seriedad casi cómica, ahora arqueaba las cejas, ladeaba la cara y la miraba con ojos tranquilos, casi desnudos. De pronto, le enseñaba un muñeco de juguete, un pequeño luchador de sumo de plástico. A ella le asomaba una carcajada cuando aparecía el muñeco, pero durante la mayor parte del tiempo, sencillamente lo miraba con profundidad definitiva. Todos los movimientos de él y las respuestas de ella, cada guiño y cada instante de quietud respondían a un código secreto que solo ellos dos conocían pero que se podía compartir.

El mundo giraba a su alrededor con su violencia habitual sin siquiera tocarlos. No existía Cataluña, ni el sueldo raquítico. Tampoco ese océano de agua oscura que se extendía entre ellos en ese momento. La medida del universo era el tiempo que llevaban sin tocarse. Pasaron al lado de la chica los turistas desorientados que vienen del aeropuerto y que en esa línea acarrean torpemente sus bultos, los descuidadores de carteras, los quinquis, los petaditos del gimnasio, dos o tres monjas, el de la guitarra, la predicadora, el ejecutivo con pinta de sátiro, el chaval de la mirada oscura, y un par de grupillos de adolescentes mal maquilladas de esas que se empujan sin sentido y ríen sin control.

Ninguna de esas presencias logró quebrarles la magia. Aguardé a escuchar la voz de ella. Tenía curiosidad por saber cómo sonaba y esperé la conversación. No sucedió. Veinticinco minutos después, susurró algo, sonrió, colgó, guardó el teléfono en el bolso y se bajó del tren. Desde Valdebebas hasta Recoletos, asistí al espectáculo -por momentos emocionante, sofocante, sereno, íntimo e inabarcable, inquietante y al tiempo reconfortante- de dos personas que se miran en silencio a través de la pantalla de un móvil. Quería contárselo.

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