La vida

Lalia González
LALIA GONZÁLEZ

Hoy nos reuniremos para recordar a mi padre. Hace muchos menos años que se fue de lo que dice el calendario. Pero sí ha pasado el tiempo suficiente como para que la herida se pueda acariciar como a una cicatriz que ya duele menos, para ver con una cierta perspectiva, formularse preguntas y aprender algunas lecciones.

Como esto de leer siempre es útil, «deja a la niña, que para algo le servirá», contó Isabel Coixet que le decía su madre a su padre, en tal día como hoy sale en mi auxilio la obra de Javier Gomá y su idea de enfrentar a la implacable muerte una «vida bella, ejemplar». Qué otra cosa puede haber que legar como «imagen de tu vida» , dice el filósofo, una «imagen luminosa digna de perduración en la memoria de la gente».

Mi padre pudo hacerlo y su legado principal es ese, el ejemplo de unos sólidos principios, en tiempos en los que ya no queda nada que no sea líquido, esa afortunada imagen de Bauman, que tuvieron que atravesar no una, varias convulsiones generacionales en sus muchos hijos, y adaptarse a ellos sin perder el norte de una norma tan sencilla como esencial, que viene con frecuencia en mi socorro y que aquí regalo: «Lo mejor que puedes hacer por tus hijos es quererlos mucho».

En fin, la imagen que legaremos a la posteridad, la que conservarán quienes nos conocieron y nos quisieron, será el resumen de lo que hayamos sido. Será lo que quede. Es posible que todo esto suene a autoayuda barata, a mí me persigue el fantasma de Walter Arias, el alocado personaje de Felipe Benítez Reyes que ahora se vuelve por suerte a editar, pero va a entrar la primavera, hace mucho frío y hay que resistir al desconsuelo general de las crisis políticas siempre sin resolver, del dinero que no termina de llegar a todos, de la corrupción, del abismo del futuro, de las miserias humanas, y surge la necesidad de elevar la mirada.

Es curioso que Gomá llame 'Inconsolable' al monólogo que dedicó a la muerte de su padre, cuando su filosofía es esencialmente luminosa, con ese punto elitista tan de su gremio cuando habla del ideal de «la alegría inteligente». Creo que vuelven los pensadores del optimismo, y ya tardaban. Ha sido una época terrible y dolorosa y si algo es seguro es que no se puede vivir sin esperanza, que hay que cuidarla y cultivarla. Aunque hoy cada año yo me siga sintiendo el ángel de las alas tornasoladas que llora en el cuadro de Antonello da Messina.

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